El mapa es el tesoro

  • La Biblioteca Nacional expone 200 piezas de cartografía sobre espacios geográficos reales e inventados para reflexionar sobre las formas en las que el hombre ha querido domesticar el mundo

Un mapa es, realmente, un objeto fascinante. Caben en él mil historias. Para el príncipe, por ejemplo, es un inventario de posesiones. Para el aventurero, una ocasión para la gesta. Para el prófugo, la casilla de salida a sus problemas. Para el pirata, la equis del tesoro. Para el preso, lo que hay fuera de la celda. Para cualquiera, la promesa de un viaje futuro. Los mapas sirven para orientarse y, a menudo, perderse. A veces son una exhibición de poder. Otras, un baúl lleno de secretos. Es irresistible el poder de evocación que arrastran: la ruta a una región desconocida, la soledad de una isla misteriosa, la visión de todo lo existente...

Hay atlas, planos, callejeros, relaciones, islarios, mapamundis, cosmografías, cartas náuticas... Algunos son piezas artísticas. Pero también son instrumentos científicos. Tienen algo de geografía, de pintura, de fotografía e, incluso, de fantasía. El más antiguo, quizás, sea un rústico plano de la aldea de Çatalhöyük, en Turquía (6.000 a. C.), pintado al fresco sobre el muro de un santuario en ruinas. El más moderno se actualiza en tiempo real y nos indica de viva voz en el automóvil qué dirección debemos tomar para llegar por la vía más rápida a nuestro destino: el GPS.

La muestra es una expedición de siglos: desde los mozárabes hasta los GPS de hoy

Sobre esa inagotable atracción del ser humano por los mapas ha levantado la Biblioteca Nacional de España la exposición Cartografías de lo desconocido, abierta en Madrid hasta el 28 de enero. La muestra reúne, en total, 200 piezas. Muchas proceden de sus fondos, pero también hay valiosos préstamos del Archivo de Indias, el Palacio Real, el monasterio de El Escorial y el Centro Geográfico del Ejército, entre otras instituciones. "Hemos querido ilustrar ese interés por domesticar el mundo que tienen los mapas", señalan los comisarios Sandra Sáenz-López y Juan Pimentel.

Se trata de una expedición de siglos: desde un plano mozárabe incluido en un ejemplar de las Etimologías de San Isidoro, arzobispo de Sevilla (siglos VIII y IX), al mapa más completo de la Vía Láctea, difundido hace escasas fechas por la Agencia Espacial Europea a partir de una imagen producida por el satélite Gaia. Ahí están localizadas las coordenadas de unos 1.150 millones de estrellas. "Esta fotografía nos permite ponernos en la piel de los europeos del siglo XVI cuando contemplaron en un mapa, por primera vez, el Nuevo Mundo recién descubierto", explican los comisarios de la exposición.

Precisamente alrededor de la dificultad de representar un territorio cuando éste es desconocido trata una de las secciones más sugerentes de la exposición: La 'terra incognita' al descubierto. En ella tiene un papel predominante el descubrimiento de América, acontecimiento definido en 1552 por el cronista Francisco López de Gómara como "la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó". Ese mundo nuevo apareció por primera vez en un mapamundi en la Carta de Juan de la Cosa (1500), hoy en el Museo Naval de Madrid.

Otro de los grandes hitos en la exploración del Nuevo Mundo tuvo lugar en 1520, cuando la expedición española al mando del portugués Fernando de Magallanes permitió conocer el extremo meridional de América. Tal proeza obligó a los cartógrafos a adoptar soluciones diversas para dar cabida al citado territorio, como la ruptura de los marcos en la Noticia general de las noticias del Pirú, Tierra Firme y Chile (Lucas de Quirós, 1618) o el solapamiento de territorios del West-Indische paskaert de Willem Janszoon Blaeu (1630), donde el triángulo más meridional está representado en el interior del continente.

Pero si el Estrecho de Magallanes fue la clave geográfica del contorno americano, el Amazonas lo fue del interior del continente. De todos sus mapas, uno de los más hermosos incluidos en Cartografías de lo desconocido es, sin duda, un manuscrito de 1639 atribuido tanto a Martín de Saavedra y Guzmán como a Alonso de Rojas. Se trata de un mapa desplegable de más de un metro de largo que muestra en vertical el curso del río desde Quito, en lo alto, hasta su desembocadura en el Atlántico, indicando algunas de sus innumerables provincias, pues, según reza una leyenda explicativa, "por ser tantas y no haberse los nombres de todas, no se ponen aquí".

Fascinantes son también aquellos dibujos llenos de detalles de sitios improbables o inexistentes, como el paraíso terrenal que aparece representado en el Beato de Fernando I y doña Sancha (1047) dentro de un rectángulo amarillo, como un espacio sellado, tal vez inaccesible. En el lado opuesto se sitúa el infierno, a veces ubicado en lugares volcánicos como el Infierno de Mamea, dibujo incluido en la Historia Natural y General de las Indias. Allí aparece el volcán nicaragüense de Masaya, que estaba en erupción cuando llegaron los conquistadores a principios del siglo XVI.

También se ha representado el país de Jauja, la tierra de la abundancia, el vicio y la vida regalada, del que se hablaba en la Edad Media y que aparece situado más allá de los 360 grados de longitud. O la isla de la Atlántida, localizada por el jesuita Athanasius Kircher entre América y las columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar) en un curioso mapa orientado hacia el Sur. Otro tanto de lo mismo ha sucedido con Utopía, El Dorado y el reino del Preste Juan, mítico lugar que ha ocupado un indeterminado espacio desde Asia central a las dos orillas del océano Índico, en la India o en Etiopía.

Finalmente, la exposición Cartografías de lo desconocido también dedica un espacio a los mapas literarios. Ahí está, por ejemplo, el que diseñó Juan Benet para Región. O el que muestra las andanzas de Don Quijote, diseñado por el geógrafo Tomás López de Vargas en el siglo XVIII, con dibujos de Gustave Doré. También J.R.R. Tolkien le encargó a su hijo Cristopher un mapa de la Tierra Media para la primera edición de El señor de los anillos. William Faulkner dibujó el condado de Yoknapatawpha en Absalom, Absalom. Y Macondo, esa población de veinte casas de barro y cañabrava donde se desarrolla Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, es una presencia tan poderosa que cuesta imaginar que nunca existió realmente.

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