Cultura

La era de la melancolía

  • Cátedra edita un nueva versión de 'Memorias de ultratumba', reflejo del magno proceso por el que Europa se adentra, entre el estrépito y la sangre, en la era de las democracias

Es costumbre decir que, últimamente, se han puesto de moda las biografías. Sin embargo, al menos desde el XVI, el empeño del hombre es estrictamente autobiográfico. Así ocurrió con la Vida de Cellini o los Ensayos de Montaigne. Ése es el formidable hallazgo, entre desolador e irónico, de nuestro Lazarillo de Tormes y la gran novela picaresca del XVII. Y serán Torres Villarroel, Benjamín Franklin, Jean Jacques Rousseau, el Dr. Johnson de Boswell y el turbulento genio de Casanova quienes en el XVIII nos den, con espléndido detalle, noticia del más extraño de los siglos. El XIX, no obstante, pertenece a un sólo hombre. Y ese hombre es, a no dudarlo, François-René de Chateaubriand, vizconde de lo mismo. A él se deben estas Memorias de ultratumba que el afortunado lector vuelve a tener a su disposición, en friso monumental y vertiginoso, para estas tardes infinitas y el ocio promisorio del verano.

Anteriormente, el lector en español sólo disponia de las páginas selectas editadas por Folio y Alianza. Y no fue hasta 2004 cuando pudimos leer, gracias a Acantilado, la primera edición completa de las Memorias de ultratumba, traducidas por José Ramón Monreal. Hoy, seis años más tarde, Cátedra edita una nueva versión, a cargo de José Antonio Millán Alba. De este modo, y en muy breve tiempo, hemos pasado a disfrutar de dos magníficas ediciones de uno de los libros más singulares y controvertidos del siglo XIX. ¿Por qué decimos esto? Porque en estas Memorias de ultratumba se consolida, no sólo la perspectiva romántica del hombre moderno, sino que viene a datarse un magno proceso, por el cual Europa abandona la orilla ilustrada para adentrarse, entre el estrépito y la sangre, en la era de las democracias. Este proceso, como nadie ignora, es aquél que culmina con la Revolución francesa y el auge y caída de Napoleón Bonaparte.

Si en las crónicas de Rètif de la Bretonne está el callejeo sangriento del París revolucionario, en las Memorias de ultratumba está el asombroso pormenor, político y humano, de toda una época. A ello se añade que Chateaubriand, como noble bretón, fue uno de los perseguidos por la nueva clase dirigente. Con lo cual, la monarquía parlamentaria propugnada por él, no dejaba de ser una insólita innovación conservadora, donde la majestad capeta vendría guarecida, abroquelada, sustentada, en fin, por la necesaria legitimidad democrática. Así, las Memorias de ultatumba no son, en ningún caso, el testimonio de un vizconde nostálgico que añora el privilegio del Antiguo Régimen. Muy al contrario, Chateaubriand, que ha visto morir a familiares y amigos en manos de la turba, es consciente que el "mar de sangre" que ha atravesado la Revolución es una conquista imprescindible. Como Burke, no obstante, Chateaubriand cree que la Razón, por sí sola, no es suficiente. Y ese halo de misterio, de costumbre, de cohesión irracional, lo encuentra nuestro vizconde en el armiño dinástico y el cetro de Versalles. Leídas estas memorias, en cualquier caso, el lector sospechará que Chateubriand fue más y mejor monárquico que los propios monarcas a quienes sirvió. Y también conocerá, ay, su iniciativa ministerial, cuando mandó a los Cien mil Hijos de San Luis en apoyo de Fernando VII, nuestro rey felón.

Partiendo de las Confesiones de Rousseau, estas Memorias de ultratumba llegan, sin embargo, mucho más lejos. No se trata ya de la memoria personal, sino de la crónica de un siglo. La ceñida humanidad de Rousseau, su atención a la minucia propia, se transforman aquí en el vasto documento de una época. Ése es, quizá, el mayor atractivo de estas Memorias. Chateaubriand era testigo privilegiado, no sólo del nacimiento de un mundo y un nuevo orden político. También supo, y con dolor, que aquello que alguna vez amó, había desaparecido para siempre. De ahí la irrestañable soledad, la profunda melancolía, que cruzan estas páginas. En puridad, con la escritura de Chateaubriand se inicia el Romanticismo. Esto quiere decir que el "buen salvaje" de Rousseau se había perdido, quizá muerto, en la profunda selva. En Rousseau, como anota Chateaubriand, no hay descripciones y paisajes. En estas Memorias de ultratumba, sin embargo, de modernidad indudable, es el hombre minúsculo, enfrentado al destino, al paisaje colosal, a la tragedia, quien nos habla de la vanidad del Todo.

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