Cuando la memoria habita la experiencia

XXIX Festival de Teatro. Teatro Echegaray. Fecha: 14 de enero Dirección y texto: Rafael Álvarez 'El Brujo'. Intérprete: Asunción Balaguer. Aforo: Unas 200 personas.

Creo que era Martin Amis quien decía que El Quijote le parecía un tostón porque estaba escrito con el tono de un anciano que se lía a contar sus batallitas. Estrictamente, El tiempo es un sueño es eso. Pero, a menudo, es ese discurso vinculado a la edad, por muy pesado que pueda parecer, el que de una manera más evidente contiene las líneas maestras de la literatura, el pensamiento y el teatro, porque todos ellos son productos del mismo material, humano y frágil: la memoria. En un escenario sin alardes, que juega a parecer un rincón doméstico cuando en realidad puede ser cualquier cosa (el conflicto entre recuerdo y olvido, entre lo pretendido y lo asumido, es una de las representaciones más hermosas que encierra la efectiva puesta en escena), Asunción Balaguer cuenta sus vivencias. Algunas. Pero ese contar es el verdadero valor del montaje. Todo lo que ocurre en el teatro durante una hora consiste en esa liturgia, ya casi extinta, en la que una persona cuenta y las demás escuchan. Y lo cierto es que en tan elemental disposición el misterio aflora, independientemente de lo que se cuenta. Cuando todo termina, uno tiene la sensación de que ha establecido una complicidad de la que antes carecía. En eso consiste la virtud del oyente.

Con semejantes presupuestos, Rafael Álvarez El Brujo resulta ser el mejor padrino posible para hacer de la memoria de Balaguer un mester de juglaría. Bajo su batuta la palabra cobra el calor acostumbrado, por más que la actriz acuse sus muchos años apartada de la escena. No importa. Oírle hablar de María Fernanda Ladrón de Guevara, el María Guerrero y José Tamayo, toda aquella farándula que precedió al TEU y soñó con ser un Teatro Nacional, es un lujo. El Brujo lo sabe, y lo explota con su gusto proverbial y fino. Se echa de menos algo de afección al hablar de la posguerra, dibujada como un paisaje demasiado idílico; pero precisamente en ese soslayo burlado es cuando más cabe admitir la honestidad. Balaguer habla, baila y se detiene. La sabiduría escénica de Rafael Álvarez se revela en la significativa exposición de los pocos elementos, como el sillón que personifica a los personajes (basta un leve apunte del foco) que deambulan por la memoria de la actriz. Paco Rabal logra hacerse tan presente que el recurso último de su voz sobra por innecesario; de hecho, este remate tiende a confundirse peligrosamente con otra cosa. Pero este tiempo soñado se hace finalmente amable por cuanto indaga en la débil frontera entre memoria y experiencia. No se trata de una confesión, pero sí, y no es poco, de una reivindicación de la palabra como mecanismo artístico, y por lo tanto eterno.

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