Quien mira es dueño del secreto

  • 'olga sentada' 9 de noviembre de 1923. Bistre y óleo sobre lienzo. 27 x 22 cm. Donación de Bernard Ruiz-Picasso. 'Málaga hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

EN las salas del Museo Picasso Málaga puede compartirse, a menudo, la experiencia de quien se enfrenta por primera vez a un cuadro del artista malagueño. Por mucho que se hayan visto imágenes en libros y en televisión, la pregunta más repetida ante determinadas obras es "¿Por qué pintaba así?". El así es el quid de la cuestión: frente a la tradición realista que el propio Picasso había asumido y superado a temprana edad, el creador se enfrenta a la connotación de verdad que se deduce tanto de lo que se percibe como de la manera en que la percepción ocurre. Si para Heráclito nadie podía bañarse dos veces en el mismo río, para Picasso nadie veía a la misma persona dos veces de la misma manera. Las claves en torno a la simple contemplación del otro, sazonadas de amor, odio, deseo y otros sentimientos entre lo irracional y lo emocional, sólo pueden hacer de la recepción de la persona un evento significativamente único cada vez. Por eso, Picasso no se fiaba de sus sentidos ni de la realidad. El retrato, entonces, requiere la entrada en juego de todas estas consideraciones. El registro clásico es el ideal platónico; pero el gran demiurgo del siglo XX quiso descender al suelo y dejar clavado en el lienzo el misterio por el que una mujer nunca era dos veces la misma.

Uno de los retratos más enigmáticos que realizó Picasso a lo largo de su vida es Olga sentada, que puede verse en la colección permanente del Museo Picasso Málaga. El malagueño presentó el pequeño cuadro en 1923, en plena etapa cubista, y aquí se encuentra el primer factor del secreto. La obra es aparentemente realista, vinculable incluso a los márgenes académicos del retrato. Picasso no entendía de corrientes, para sufrimiento de los contemporáneos que intentaban fijar un marco crítico para el artista: si la teoría de la Historia del Arte impone el concepto de evolución como regla para conocer y estudiar el hoy con respecto al ayer, Picasso decide que la evolución no tiene sentido y actúa mediante giros radicales. Le bastan unos días para saltar de un estilo a otro: en su inquietud caben todas las musas, que se enfrentan y luchan como las sirenas de Ulises por guiar el pincel del genio. Éste, sin embargo, tiene fondo y materia para todas. Picasso no se detiene a pensar qué y cómo le apetece pintar en cada momento: actúa. Pinta. No busca, encuentra.

Pero, de nuevo, las apariencias no son las mejores aliadas para quien se detiene a ver una obra de Picasso. El retrato es fácilmente reconocible, no hay duda, es Olga Koklova, sentada, con la cabeza sobre los hombros. Pero, ¿qué hombros? De nuevo el malagueño exige a quien mira que preste atención: no se puede pasar por encima, hay que dejarse aquí los ojos. Olga sentada es un cúmulo de líneas interrumpidas, como si las formas fueran estructuras de alambres a punto de quebrarse, o ya quebrados. Hay además una presencia extraña que parece superponerse a la imagen, envejecida, corroída por qué sustancia. Un juego: Picasso extendió encima del óleo, una vez acabado, unos toques de bistre, un pigmento parecido al hollín. El resultado es propio de una escena de fantasmas, como de una espiritualidad etérea, quizá las formas parezcan a punto de romperse porque, debajo, algo intangible está luchando por salir.

Más sorpresas para quienes saben mirar. Unas sencillas líneas que parecen delimitar la habitación se dejan ver tras las figura de Olga y la silla. Pero la razón enciende las alarmas: estas líneas dibujan una situación espacial imposible, como en una cuarta dimensión. De manera tan discreta, el cubismo no se ha ido del todo. Mañana, Olga será otra.

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