Y la movida era esto

A estas alturas la movida madrileña no necesita presentación. Quizás por eso la trama de Hoy no me puedo levantar sorprenda a pocos. Que se desengañen quienes han comprado la entrada soñando con un revival de Mecano 20 años después. Esto no es un concierto con sus mejores éxitos ni un recordatorio de la historia del grupo, sino una tragicomedia sobre la década en la que unos pocos se adueñaron de la noche, de sus vicios y sus modas importadas con el pop, el rock y el punk como excusa. El devenir de su historia de amor y desencantos varios resulta previsible pero, por fortuna, siempre nos quedará Mecano, el salvavidas de un espectáculo concebido para el entretenimiento y lucimiento de una troupe de cuerpos y caras bonitas, que bailan, cantan e interpretan con mayor o menor suerte.

El 23-F, Pepi, Luci, Bom y las chicas del montón, Alaska, Andy Warhol, Dalí, las anfetas,los porros, el sida… ahí están todos los hits de la década dispuestos a agitar este coctail explosivo en el que por momentos, parecen sobrar los acordes de un grupo para nada underground, que ambientó los recuerdos afectivos de más de una generación pero que no se identificó con los sótanos alternativos de otras bandas de los 80.

Aún así, las más de tres horas se hacen cortas, encierran momentos interpretativos verdaderamente hilarantes, (sobre todos los ejecutados por el elenco de locazas deslenguadas) y coreografías de lujo como el solo de Lía. A los incondicionales de la Torroja y los hermanos Cano convendría advertirles de que algunas versiones se alejan demasiado de su concepción original y que los arreglos y esas voces que no pillan el tono pueden defraudarles. Pero, insisto, si las expectativas no son muy altas, el producto en su conjunto convence, divierte e invita al karaoke. Mecano fue mucho Mecano, su rescate es por sí solo garantía de éxito e inventos como la fusión entre Laika y Eungenio Salvador Dalí se dejan oír.

El resto no se presta a mayores explicaciones. Si el respetable consigue obviar los desequilibrios individuales de sus protagonistas (no se entiende que el dueño del bar 33, malagueños de cuna, tenga que forzar el acento andaluz hasta rozar el tópico) se deja llevar por esa atmósfera de exageraciones y festín continuo disfrutará como un adolescente deslumbrado con sus ídolos. Al final, la apoteosis llega con confetis incluidos, y todos acabamos coreando los estribillos de No es serio este cementerio, celebrando un fin de año cualquiera en la Puerta del Sol y comulgando con esa Fuerza del destino que hizo, también de Mecano, una fiel compañía.

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