Obituario Una figura clave de las artes escénicas

A la muerte de Enrique Llovet, el crítico

  • El dramaturgo, periodista y guionista malagueño falleció el pasado 6 de agosto

El pasado 6 de agosto murió en Madrid Enrique Llovet (Málaga 1917), cuya mayor familiaridad puede venir al lector del premio para dramaturgos instaurado en su honor y con su nombre por la Diputación hace un par de décadas (y de cuya convocatoria para 2010, por cierto, seguimos sin tener noticia; en la página web competente sigue colgada la del año pasado). Y resulta curioso que, a pesar de su fecunda faceta como dramaturgo y escritor, a pesar de haber escrito las mejores versiones castellanas de Moliére (recuérdese el polémico Tartufo que dirigió Marsillach en 1968), de haber puesto alas nuevas a Shakespeare y a Tirso de Molina, de haber colaborado en el equipo de guionistas de Samuel Bronston para películas como El Cid y Rey de Reyes, de haber escrito junto a Tono Don Pío descubre la primavera, de haber llevado Divinas palabras al cine (con la dirección de José Luis García Sánchez en 1987) y las Sonatas del mismo Valle-Inclán a la televisión y de haber escrito sus impagables crónicas para ABC desde París y Teherán (las mismas que le costaron su cargo de diplomático), las pocas referencias periodísticas a su desaparición hayan destacado, sobre todo, su condición de crítico de teatro. Es curioso, cierto; pero en ningún modo extraño.

Tal y como escribió recientemente Marcos Ordóñez en El País, Llovet, que ejerció este oficio para Informaciones, TVE y el mismo ABC, fue el crítico más influyente en la España de principios de los 70 junto a Alfredo Marqueríe y José Monleón. Lo que no es decir poco. Desde Pueblo, Marqueríe ya había puesto coto a los desmanes torradistas (y también jardielistas, muy a pesar del propio Jardiel) que, con el régimen a favor, propugnaban un teatro de mero pasatiempo, una excusa para que los vencedores pudieran airear a placer sus abalorios. Pero, a comienzos de los 70, la situación era ya muy distinta: el propio Tartufo de Marsillach se plantó en escena como una sátira contra los poderes más oscuros del franquismo, los mismos que habían ascendido gracias al Opus Dei y que se mostraban radicalmente contrarios a los enfoques aperturistas de Manuel Fraga. Llovet comprendió que la crítica debía mantener su posición de influencia, su calibre de toma de postura, en unos años en que dramaturgos como Buero Vallejo y Alfonso Sastre volvían a tener serios problemas para estrenar y en los que se abría un consejo de guerra para Els Joglars por La Torna. Con su prosa repleta de cultismos y su estilo irónico, la mejor contribución de Llovet al teatro vino, ciertamente, desde su labor de crítico. Su muerte deja en el aire una pregunta esencial: ¿Para qué sirve hoy la crítica?

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