No estaba muerto ni de parranda

Teatro Echegaray. Fecha: 11 de diciembre. Compañía: Octubre Teatro. Creación y dirección:Jaume Villanueva, a partir de 'Llanto por Ignacio Sánchez Mejías', de Federico García Lorca. Coreografías: Nacho Blanco. Música: Enric Granados, Rafael Plana y Antonio González. Bailarines: Nacho Blanco y Frederic Gómez. Cantaora: Juana García. Dirección e interpretación musical: Rafael Plana. Aforo: Unas 120 personas (menos de media entrada).

Cada vez que alguien se pone a representar una obra de Lorca con cara de palo cabe echarse a temblar. Por más que Cristina Hoyos y otros visionarios hayan demostrado que se puede bailar e interpretar su poesía más trágica y su teatro más mitológico con expresividad y humana disposición, incluso con una sonrisa aunque el texto vaya presumiblemente en la dirección contraria, la sombra de Salvador Távora y su proverbial camarilla sigue siendo demasiado alargada. Aunque, para hacer justicia, cabe admitir que parte de culpa la tiene el propio Lorca, quien, hasta que no salió del pueblo (demasiado tarde), contribuyó a base de glosar la crucifixión del pueblo andaluz a congelar la pose bastante más de lo que correspondía. El llanto, la lectura que hace Jaume Villanueva del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, va por la misma dirección: todo está impregnado de una solemnidad severa, como un poste tieso y seco en el que no pasa nada, que no hace más que ocultar (o pretenderlo: no lo logra) las deficiencias artísticas de la propuesta. No hay mejor excusa que el luto (que se muere el torero, hombre, hay que ponerse serios) para que la errónea y aburrida distribución de tiempos, el sacrificio de toda acción o emoción en beneficio de un desgarro gratuito y débil y las limitaciones interpretativas del personal queden justificadas. En clave de baile, entre lo flamenco y lo contemporáneo, El llanto bebe directamente, insisto, de las fuentes del peor Távora, el más anclado en el tópico y el más celebrante del vacío como argumento, sólo que si el de La Cuadra se atreve a lidiar toros en serio, aquí se conforman con que un bailarín (o bailaor, tanto da) haga de toro y otro de torero. Claro que si la cuestión era mezclar baile y tauromaquia podrían haber invitado a Javier Conde, que tiene amplia experiencia.

Todo es trágico en el envoltorio porque no hay más que envoltorio: todo es la Luna, la sangre, la taberna, la navaja. Por mucho que una pelea a facas no revista interés artístico alguno, no importa, se hace. Los bailaores se empeñan en dar muchos taconazos, pero un buen bailaor no se distingue por dar muchos pasos en poco tiempo, sino por expresar todo lo expresable en un solo gesto: decir mucho con muy poco. Y no es el caso: hay una velocidad prodigiosa pero poca carne, y menos alma. La cantaora no tuvo ayer una noche afortunada ni supo equilibrar las deficiencias de su voz, muy poco flamenca, con la interpretación, demasiado previsible y falta de habilidad en el escenario; actuó como si continuamente hubiera querido sacar algo de donde no lo había. Sí resultó de agradecer el trabajo de Rafael Plana, que trabajó bien con el piano y el cajón, especialmente a la hora de dar la réplica a los bailaores. La iluminación, sencilla pero efectiva, regaló también algunos momentos brillantes, sobre todo en la recreación del ruedo. Pero el resto apenas llega a oferta de tablao o café-teatro. Lástima de torero. Y de Lorca.

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