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La mujer de ojos de perro

  • Anagrama publica la versión definitiva de la obra maestra de William Faulkner, grotesco viaje al sur de todas las cosas

Escribió William Faulkner Mientras agonizo en 1930 y en sólo seis semanas, durante las que trabajó de madrugada como bombero y vigilante nocturno de la central eléctrica en la Universidad de Mississippi. Sucesivos cánones y bendiciones de apóstoles como Harold Bloom y Robert Penn Warren han consagrado este libro como el mejor del Premio Nobel de 1946, autor de otras obras maestras indiscutibles como El ruido y la furia (1929) y ¡Absalón, Absalón! (1936). Ahora, Anagrama recupera este emblemático trabajo, con la medalla colgada de la versión definitiva, según el texto fijado en 1985 con correcciones de Noel Polk.

En realidad, cualquier excusa es buena para acercarse a este libro extraño y orgánico, que se lee como si se sostuviera un animalito deforme entre las manos. Desde su título, que hace referencia al lamento de Agamenón en la Odisea ("mientras agonizo, la mujer de los ojos de perro no me cierra los ojos cuando desciendo al Hades"), hasta el aterrizaje de un final que fulmina de un soplo (en 1930) todas las buenas reglas de la narrativa, el lector asiste a un grotesco tránsito por el Sur profundo de Estados Unidos, en compañía de una familia que busca un rincón para dar sepultura a la madre, que viaja en una caja arrastrada por bestias. Faulkner emplea la multiplicidad de voces (incluida la de la muerta, que habla desde el más allá con la misma parsimonia que sus parientes aún vivos) para dar cuenta de la destrucción individual de los personajes desde una consideración colectiva. Mientras caminan, viudos e hijos van perdiendo cuanto de humano se puede distinguir en ellos, bien física (hay una pierna llena de serrín y sangre que merece la amputación para entretener a la muerte), moral o psicológicamente. El Sur geográfico se desplaza al polo opuesto de la inteligencia y la cordura: por allí abajo, los personalismos y existencialismos constatan su abultado fracaso.

Mientras agonizo se disfruta hoy, por tanto, como una novela absolutamente moderna, aunque estremece más aún cuando se lee como anticipadora de formas del pensamiento y la literatura que habrían de dárselas de inéditas. Su signo de distinción es el humor: algo que cojea y juega a evitar el barro.

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