"Si no se mira el mundo con cierto extrañamiento, sólo queda la rutina"

  • El autor extremeño publica 'Absolución', una novela sobre la volatilidad de la felicidad

Es un jueves de mayo y todo, la armonía de las cosas y la luz de la mañana, invita a la vida y entonces él se mira en el espejo, se dice que dentro de unas pocas horas estará casado con una mujer extraordinaria que varios meses atrás ni siquiera creía merecer, que se acabó la huida, esa sensación de ir corriendo siempre con la mirada perdida hacia no se sabe bien qué, y al preguntarse si lo que siente es felicidad, si la felicidad era eso, aunque él no lo sabe aún, justo entonces se precipitan, junto con la incredulidad y el vértigo y hasta el miedo, aparte de la sospecha de estar ante una incierta trampa, "los conflictos propios de la vida", dice Luis Landero. Así arranca su última novela, en el preciso instante en el que un hombre con "alma de fugitivo" cree estar a las puertas de la felicidad, más cerca de ella que nunca.

"A mí me parece que ha habido un malentendido", dice el escritor extremeño, autor de Juegos de la edad tardía, El mágico aprendiz o la más reciente Retrato de un hombre inmaduro, que presentó la novela la semana pasada en Sevilla, invitado por el Centro Andaluz de las Letras. Se refiere a un matiz, pero un matiz que lo cambia todo. Porque Absolución (Tusquets) no es una novela sobre la felicidad en sí, como muchos, advierte Landero, han interpretado; sino una novela sobre la búsqueda de la felicidad, o de "un sentido, un lugar en el mundo", es decir, que trata también sobre la contingencia como elemento decisivo en todas las vidas y sobre la extrema volatilidad de ese misterioso y frágil sentimiento de plenitud que en el mejor de los casos, dice, se da "sólo a ratos"."Es la historia de un hombre insatisfecho que busca una cosa que la vida no le puede dar. Podemos prorrogar un poco la felicidad, pero en cualquier caso siempre va a durar poco. La estancia en el paraíso siempre es efímera, siempre nos expulsan de ahí", dice Landero, cuya nueva obra está envuelta, en muchos de sus pasajes, por la poderosa melancolía, tan cervantina, de los sueños infundados.

"He vertido muchas de las perplejidades que yo he tenido siempre, y que sigo teniendo, y que tendré hasta el final de mis días, sobre esa cosa tan misteriosa que es el oficio de vivir", confiesa el autor. "Hay momentos de felicidad, pero a la felicidad sigue la melancolía, sigue la duda, momentos de euforia y de plenitud y luego depresivos. Uno va siempre trampeando con la vida", afirma el escritor, que observa en esta insatisfacción crónica tanto una debilidad inevitable del alma humana con la que hay que aprender a convivir, como una enfermedad de privilegiados: "Desde luego en los países desarrollados es donde se da más esto. La gente no sabe qué hacer para escapar de ese... no saber qué hacer con su vida. Me acuerdo de lo que decía Schopenhauer, que lo primero en la vida es la lucha por la vida. Por eso, claro, mientras luchas por la vida no hay aburrimiento, estás luchando por la vida y punto, eso colma tus energías. Pero una vez que se ha solucionado eso, una vez que se tienen las cosas básicas, entonces aparece el tedio, el spleen, como lo llamaban los románticos, o como lo queramos llamar. Qué hacer con la vida, en definitiva; cómo soportar la carga del existir. Entonces se busca, sobre todo, el aturdirse con la acción, cualquier cosa con tal de no mirar cara a cara al absurdo de la vida, a su argumento, que ya sabemos cuál es: envejecer, morir, como decía Gil de Biedma, es el verdadero argumento de esta historia".

Absolución es, como se lee en uno de sus pasajes, "muchas, muchas cosas, casi un laberinto de situaciones y sucesos, unos más grandes y otros más pequeños, unos reales y otros imaginados, unos de hoy y otros de ayer, pasado y presente yendo juntos de la mano por el mismo camino, mezclados en un único cauce temporal". Ese camino, errático, es el que emprende el protagonista de este relato por las calles de la ciudad el mismo día de su boda. En ese caminar y recordar, mientras saborea por anticipación el fulgor del momento que le espera pronto junto a su amada, Lino, que así se llama el personaje, se verá envuelto en un altercado callejero cuyas imprevisibles consecuencias alterarán la atmósfera de ese día de dicha hasta convertirlo en algo muy parecido a una pesadilla.

"Es que la vida es así de contingente a veces. Sublime pero también ridícula. Y la más pequeña cosa, de repente, puede cambiar tu destino. Decía Horacio Quiroga que la vida de cada cual es como una bola de billar lanzada con efecto y que si no rebota contra nada va rectilínea, pero que si lo hace, el mínimo roce la puede lanzar en una dirección que nunca podemos saber cuál es. Pues sí, siempre estamos expuestos al azar. A la ruptura de la normalidad: a la ruptura ridícula de la normalidad" .

Todo está, todo el rato, comenzando, acabando y comenzando, viene a recordar esta obra que tiene, afirma Landero, con su cabeza atestada de literatura, con sus lecturas y sus escritos siempre a su ritmo, con un aire de vivir por completo ajeno a determinadas ansiedades del mercado editorial, "algo de novela de aprendizaje". "Lo que pasa -puntualiza y acaba- es que novela de aprendizaje es un término muy amplio, donde cabe todo. Vivir es un continuo aprender. Así es y así debe ser. Entre otras cosas porque el peor enemigo del conocimiento es la costumbre. Como uno pierda la capacidad de asombro, la capacidad de mirar el mundo con cierta inocencia o cierto extrañamiento, sólo te queda la rutina. Y ése es, también, el desasosiego que mueve al hombre".

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