Un mundo dejado de la mano de Dios

  • Mondadori publica 'El consejero', un guión de Cormac McCarthy que ha sido llevado a la pantalla por Ridley Scott

Las relaciones de Cormac McCarthy con el cine han acabado siendo tan estrechas como intensas; su último trabajo, El consejero (Mondadori), ha nacido ya como un guión, si bien cabe leerlo como una absorbente novela. Si dejamos aparte su colaboración en el libreto de El hijo del jardinero (1976) de Richard Pearce, a la postre un simple flirteo, la historia de amor entre el escritor y Hollywood empezó a concretarse hace una docena de años gracias a la adaptación de Todos los hermosos caballos, primer jalón de su Trilogía de la frontera (Debolsillo), cuya lectura aconsejo vivamente. Por desgracia, la película dirigida por Billy Bob Thornton nació con mal pie y tuvo una pobre andadura comercial; el director entregó inicialmente un film de cuatro horas, un metraje drásticamente reducido a la mitad para su distribución. La historia de Todos los caballos bellos (2000), en el fondo muy sencilla, es la de unos jóvenes cowboys que, en 1949, atraviesan Río Grande y entran en México en busca de trabajo y, de ser posible, alguna aventura. Thornton optó por un estilo pausado; lo importante para él eran los personajes y sus emociones, el paisaje y sus accidentes, en consonancia con el universo western que inspiraba la novela, pero la película se quedó en mero esbozo.

Mucho más afortunada fue la adaptación de No es país para viejos, un thriller con algo de fábula moral -como también lo es El consejero- que se convirtió primeramente en un importante éxito de ventas y, acto seguido, en una excelente película, la mejor de los hermanos Coen en muchos años. No es país para viejos (2007) demuestra de manera fehaciente que la fidelidad al original literario no tiene por qué ser un lastre. La trama, en el papel y en la pantalla, trenza el desigual destino de unos personajes que comprueban en sus propias carnes que los tiempos tienen la fea costumbre de cambiar a peor; un axioma con el cual, hoy por hoy, es difícil estar en desacuerdo. El sheriff interpretado por Tommy Lee Jones, representante de una idea de Ley y Orden primitiva empero esencial, contempla con espanto el vaciado moral de una sociedad que está desmantelando los valores de antaño sin sustituirlos por otros que garanticen una convivencia pacífica. La dolorosa impresión de este sheriff es que vivimos en un mundo dejado de la mano de Dios o, dicho de otro modo, en un mundo que reza a unos dioses infames, los de la codicia, el egoísmo y el sálvese quien pueda; unos dioses que habrán de llevarnos a un estado de barbarie en el cual nadie estará realmente a salvo.

Ese caos, esa devastación son el telón de fondo de la siguiente novela de Cormac McCarthy, La carretera, que conoció una inmediata y digna, algo fría, ilustración cinematográfica firmada por John Hillcoat. En esta ocasión, el mismo libro se inspiraba en un género con un patrimonio fílmico notorio: la ficción en torno al fin del mundo; un artificio óptimo para indagar en el lado tenebroso de la condición humana y mantener abierto el debate ético. La historia responde al objetivo manifiesto de combatir el narcisismo de la especie, advirtiéndonos seriamente de que ni somos el centro del universo ni nuestra permanencia en él está garantizada por ninguna instancia superior. No hay vuelta de hoja: de no poner freno a nuestro instinto depredador, de entregarnos a esa ilusión de libertad que nos permite explotar a nuestros semejantes a nuestro antojo o expoliar los recursos del planeta como si fueran inagotables, de seguir así, tan simple como esto, tenemos los días contados. La tenaz reflexión moral del autor encuentra una eficaz expresión en el planteamiento minimalista de La carretera: en medio de un mundo reducido a cenizas en donde impera nuevamente la ley de la supervivencia, un hombre intenta enseñar a su hijo aquella preciosa lección de Dostoyevski: Que Dios no exista no supone que todo esté permitido.

Todo ello está implícito en El consejero, que ha llevado a la pantalla Ridley Scott, cuyas única credencial parece haber sido el interés mostrado en el pasado por adaptar Meridiano de sangre, la Obra Maestra de McCarthy. (Me gustaría abrir un paréntesis para confesar que este melifluo cineasta no me parece el tipo indicado para poner en imágenes el vigoroso mundo del novelista pero, por lo visto, éste está satisfecho con los resultados). El protagonista es un prestigioso abogado (interpretado por Michael Fassbender), recién prometido a una mujer de postín (Penélope Cruz), que decide tentar la suerte colaborando en la introducción de un importante alijo de cocaína en los Estados Unidos. (Un socio le dirá: "Saber de leyes es como tener licencia para robar"). La idea del abogado sería dar este golpe, embolsarse unos millones libres de impuestos y no volver a hablar del asunto, pero el Azar, o quien puñetas mueva los hilos de este gran teatro del mundo, acaba jugándole una mala pasada: la droga desaparece y todo apunta hacia él. Lo terrible es que la venganza de los traficantes no se saciará en su persona, sino en quien él más ama. El abogado descubrirá demasiado tarde que, en estos casos, una vez das un paso adelante, no existe la marcha atrás. No es posible rectificar. Un mexicano le suelta al protagonista una sentencia, una de esas tremendas sentencias de Cormac McCarthy, con algo de revelación: "El mundo en el que intenta usted enmendar sus errores no es el mundo en el que fueron cometidos".

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