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El mundo en la intimidad

  • Martin Amis recupera sus desolados paisajes rusos y propone una representación de las fracturas internacionales, pasadas y actuales, en una lección de sobriedad

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La anterior novela de Martin Amis, Perro callejero, llamó la atención de propios y extraños por el feísmo que entrañaba y los excesos que acontecían en sus páginas, narrados con verosimilitud y con un excéntrico toque de británica pulcritud. Hubo quienes, sin embargo, echamos entonces de menos al británico contenido y cadente, al escritor sobrio que sabía contar a la perfección el dolor del golpe sin contar el golpe. Éste reaparece, felizmente, en su nueva novela, La casa de los encuentros, recién publicada en Anagrama. Su simple apertura remite sin embargo, a otra obra anterior y también reciente: en Koba el Temible, el inglés se infiltró en los deseos de Stalin no de pasar a la Historia, sino de violarla y preñarla con la propaganda más inhumana que garantizara su éxito, mientras la Unión Soviética entonaba su propio Réquiem por adelantado. La casa de los encuentros se desarrolla en un gulag entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la muerte de Stalin, y también propone una lectura de la Historia con Rusia entre la espada y la pared. Una lectura más profunda advierte que también hay conexiones (felices, eso sí), con Perro callejero en cuanto al empleo de la ficción para retratar los mecanismos de la moral, sus leyes y sus trampas.

En el mismo campo de trabajo en Siberia terminan dos hermanos: uno, Lev, es idealista, pacifista, poeta y frágil. Su hermano, el narrador que nunca llega a revelar su nombre, se ha curtido en la guerra hasta perder toda noción de la sensibilidad. Cuando eran libres, ambos amaban a la misma mujer, la judía Zoya, que contrajo matrimonio con Lev mientras se resolvía la detención de los hermanos. En el campo, en unos barracones especialmente destinados a tal fin, Lev y Zoya viven un encuentro furtivo en 1956 en el que ambos comprenden todo lo que han perdido para siempre. El triángulo representa un fresco de las fracturas internacionales pasadas y presentes: Zoya es Rusia, si se quiere, o cualquier país que afronte el reto de optar por Oriente u Occidente, o por un modelo de desarrollo u otro. Los ecos de Dostoievski, con el recuerdo inevitable de Los hermanos Karamazov, resuenan junto a los de Nabokov y Conrad en este monumento a la literatura como libertad recreadora de las pasiones humanas, de admirable sinceridad y terrible vehemencia. Pesimista, de acuerdo. Pero cómo no.

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