Crítica de Teatro cine

No es música para replicantes

Long way home

Teatro Cánovas. Fecha: 16 de junio. Producción: Producciones Alfresquito. Dirección y dramaturgia: Miguel Zurita. Interpretación y música: Virginia Nölting y Jesús Durán. Aforo: Unas 150 personas.

Hay un momento en que Virginia Nölting evoca el legendario final de Blade Runner, y entonces uno cae en la cuenta: sí, Long Way Home no es un espectáculo para replicantes. Muy al contrario, todo aquí exhala una humanidad real, de carne y hueso, de cuerpo y alma, de mucho corazón. Lo que sirven en bandeja Virginia Nölting y Jesús Durán, guiados por la querencia poética de Miguel Zurita, es uno de esos espejos en los que conviene haber vivido y haber amado para verse reflejado. Y por eso es una propuesta preciosa, llena de magia, de encanto y de sabor: porque, en tiempos de replicantes, se dirige a cuanto de humano hay en cada uno. Ésta es, ciertamente, como pedía Juan Mayorga, una obra representada no ante el espectador sino en el espectador: apela a su memoria y sus sentimientos y anida ahí con ansias de permanencia. Con efectos reconfortantes.

Long Way Home no es un pasatiempo fácil. Con un repertorio y una puesta escena que evocan a la Nueva Orleans de antaño, trasunto de los paraísos arrasados, el espectáculo es una historia de fantasmas que aborda lo perdido, lo pasado, lo olvidado, lo agotado, lo derrotado, lo que ya no queda. Todo se sostiene en la música, pero también en el silencio, porque es ahí donde la anterior se crece y donde la historia, la personal, la de cada uno, tiene sentido. No es tampoco Long Way Home una cosita complaciente con música en directo, sino un viaje por un trayecto que incluye páramos incómodos y que surca océanos de notable hondura poética. Pero es aquí, en esta exigencia, donde uno se entrega a Long Way Home con la certeza de que en realidad ya ha llegado a casa: Séneca advirtió de que lo importante no es la morada sino el huésped, y aquí nuestra casa es la voz de una Virginia Nölting generosa y templada, bien afinada, contenida y pródiga en alcances, que como actriz se mueve con autoridad por el misterio y como cantante apela a la semilla negra de todas las cosas con una eficacia monumental. Su personaje encuentra el equilibro perfecto en Jesús Durán: sólo con verlo al piano y al banjolele, en perfecta comunión con su musa, virtuoso como un niño que disfruta con su juguete bajo su apariencia de monstruo amable, dan ganas de comérselo a cachos (menudo corazón tan grande demuestra este hombre en escena, dándolo todo sin quedarse nada: como en Virginia Nölting, su talento artístico exhala el calor propio de la amistad). Para este viaje, ya saben, no hay billete de vuelta. Pero si éste el camino, quién puñetas quiere un destino.

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