La naturaleza del trazo grueso

No es cuestión, claro, de ponerse a comparar esta versión de Arte con las que antes protagonizaron Josep Maria Flotats y Ricardo Darín, porque ni viene al caso ni este ejercicio aportaría argumentos de rigor con los que evaluar la propuesta que con tanto éxito visita estos días el Teatro Cervantes. Los espectadores de algunos de estos montajes echarán mano de la memoria, pero aquí lo interesante es analizar cómo suceden las lecturas y qué misteriosas influencias determinan las decisiones tomadas. En esta puesta en escena aparecen las líneas maestras del soberbio texto de Yasmina Reza: los vínculos de tres amigos comienzan a flaquear cuando uno de ellos decide pagar una millonada por un cuadro en blanco. El análisis de las relaciones humanas, con sus debilidades y sus intereses, alcanza la perfección cirujana con un alcance que pocas veces ha conseguido el teatro. La materia prima, por tanto, ofrece al director y los actores una ventaja considerable para llegar a la meta con un trabajo bien rematado.

La idiosincrasia de la producción dirigida por Recabarren parte del trazo con el que se dibujan personajes y situaciones, y por tanto el propio sentido de la comedia. Si una primera lectura de la obra de Reza inspira cierta elegancia, una sofisticación contenida como en un frigorífico incluso en los pasajes en los que los protagonistas pierden los nervios, aquí la pincelada fina se convierte en trazo grueso. El humor intelectual y sensible que exhala el texto se percibe de una manera mucho más directa, menos recatada. El resultado, si se quiere, es una comedia mucho más española, costumbrista a veces, sostenida en picos exagerados (como el monólogo de Luis Merlo sobre las invitaciones de boda), divertida a menudo aunque algunos momentos se queden en meros compases de espera previos al siguiente exabrupto. La interpretación presenta desarrollos irregulares: Luis Merlo e Iñaki Miramón repiten el mismo papel que vienen haciendo desde hace años, mientras que Álex O'Dogherty, afortunadamente menos entregado a los tics, se queda sin embargo corto a la hora de convencer de sus convicciones. Este Arte, en fin, no es una comedia más por la calidad del texto y porque el trazo grueso no llega a alcanzar niveles de perversión. Aunque complicar las cosas un poco más al público, tan entregado, habría dado frutos más felices.

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