Una nube psicodélica

  • The Verve regresa once años después de 'Urban hymns' con el álbum 'Forth'

Pues han vuelto, aunque casi nadie les estaba esperando. El regreso de The Verve no es la repuesta a un clamor popular, sino más bien la solución a una carrera declinante, la de su vocalista, Richard Ashcroft, y a demasiados años sin ingresos, en el caso del guitarrista, el brillante Nick McCabe. Once años después del millonario Urban hymns (EMI, 1997), un álbum que marcó el pulso de su época, llega Forth (Parlophone / EMI, 2008), un disco incapacitado para ser poco más que un regalo para nostálgicos, pero un inesperado buen regalo.

Para bien o para mal, Forth es la adecuada continuación de Urban hymns. Esta tardía secuela tiene personalidad propia, que resulta de mantener cierta aspiración pop y soul, como en su tercer álbum, pero con la vista mucho más fija en los largos desarrollos psicodélicos de sus dos primeros trabajos. Así, todo sigue intacto en el mundo que surge del choque entre Ashcroft y McCabe. El cantante está más pendiente de lo melódico, mientras el enloquecido guitarrista busca la exploración por terrenos lisérgicos y ligeramente arriesgados.

The Verve no han buscado adaptarse al gusto de los tiempos que vivimos, tampoco esperábamos eso de estos tipos orgullosos y testarudos. Si su primer sencillo, Love is noise, dura casi seis minutos, algunos de los mejores temas del álbum se van hasta más allá de los ocho, como Noise epic -la media está en más de seis minutos-.

Lo que demuestra Forth es la valía del talento de Nick McCabe, quizá el mejor guitarrista del brit-pop, un hombre que igual opta por planear y crear texturas sutiles como también puede enfurecerse y desgarrar una canción con estruendo y furia. La base rítmica le sigue con atención, mientras Ashcroft suelta sus letanías, algunas mejores que otras.

Los tres álbumes en solitario de Ashcroft, sobre todo el terrible Human conditions (2002), fueron fracasos en mayor o menor medida, cuya mediocridad contrastaba con la discografía de The Verve. Ahora, con Forth, sabemos qué la fallaba al sobrevalorado cantante -sí, la suya es una de las mejores gargantas del Reino Unido, pero como compositor se agotó en Urban hymns-. Esta álbum es un creíble esfuerzo de psicodelia épica, algo que en el Reino Unido ha escaseado en la última década -el tiempo que ellos han estado fuera-. Ellos creen en la fortaleza hipnótica de su música, una fórmula en la que juegan con la repetición, las complejas mezclas de sonidos que salen de la guitarra de McCabe -a veces sublimes- y la voz de Ashcroft, balsámica y conmovedora. Y contagian su convicción.

Un disco con canciones como Columbo y Appalachian springs, la dupla que cierra Forth, no puede ser malo, aunque cosas como I see houses bajen el nivel -parece un descarte de alguno de los discos de Ashcroft-. Ojalá este nuevo regreso dure lo suficiente para que esta banda pueda grabar un quinto álbum en el que nos muestren algo que aún no hayan hecho.

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