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La nueva burguesía se divierte

La Crónica sentimental de España que propone Xavier Albertí es una lectura de la obra homónima de Manuel Vázquez Montalbán (ejercicio de ingenio periodístico que en mi opinión, y que Dios me perdone, es un auténtico tostón) aderezada con la parodia en clave satírica de algunos de los personajes más emblemáticos de la imaginería popular de la España franquista. La puesta en escena, escasa y de nula teatralidad, presenta al elenco artístico muy serio y formal, arrebatándose de vez en cuando en los números musicales para estimular la sensación de que todo aquello es un experimento, miren ustedes, objetivamente, lo torpes e inútiles y marmotas y subnormales (textualmente) que eran los españoles. Las parodias, dignas de los peores programas de La Trinca, se ceban sólo, curiosamente, en personajes andaluces: Estrellita Castro, Manolo Escobar, Raphael y Lola Flores son recreados con bata de cola y diciendo "¡arsa!". Es decir, los subnormales eran éstos. Ocurre, claro, ya se sabe, que Cataluña siempre ha sido un país de intelectuales, cultísimo. Lo del Borriquito como tú debió escapársele a algún productor charnego que había tenido la desgracia de no leer a Martí i Pol en la clandestinidad.

Una vez que he dado rienda suelta a mi reaccionario particular (si los artistas hacen uso de su derecho, por qué no habría de hacerlo el crítico), cabe destacar que lo peor del fraude de Albertí no es la estupidez ni el soberano aburrimiento que transforma una hora de montaje en una tediosa eternidad, sino el despliegue y el favor hacia el humor con que el que parece divertirse la nueva burguesía, que ridiculiza con inteligencia de adolescente macarra (caso del número del ojete del culo) a quienes más favores debe. Lo del chiste del recuerdo de Constantinopla, señor Albertí, no es divertido. En Málaga al menos no lo ha sido nunca, ni ahora ni hace treinta años, que es la edad que tiene la gracieta, no sé en Sitges.

En fin, para esta gente tan sobrada meterse con la España franquista es fácil: sólo hay que ponerse un caracol y cantar Mi jaca con un aberrante acento que pretende ser andaluz. Pero para hacer gracia de la buena, tendrían que haberse mofado con el mismo tono de lector de suplemento dominical que toma unas olivas a otros andaluces que supieron de Franco, a Machado, a Juan Ramón Jiménez, a Miguel de Molina, a María Zambrano, a Vicente Aleixandre, a Carlos Cano (a quien Lluís Llach adora), a Lorca, a la gente que huyó de Málaga hacia Almería en el 37. No hay huevos.

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