La nueva dama del crimen

Cuando uno se enfrenta a una novela negra de un autor que no ha leído, en estos tiempos en los que se editan casi más libros de este género que periódicos, no puede hacer otra cosa que recelar. Cualquier aficionado al noir tiene su zona de seguridad, integrada por un puñado de autores, y no le resulta cómodo salirse demasiado de ese perímetro. En ello influye que las experiencias que ha tenido cuando se ha decidido por algún autor cuya obra ha sido puesta por las nubes por la crítica especializada -y la engañosa publicidad de algunas editoriales- hayan terminado en rotundos fracasos. Le ha pasado especialmente con varios escritores nórdicos, tan de moda desde la trilogía de Millenium, pero también con alguna autora española de cuyas novelas se han comenzado a hacer adaptaciones cinematográficas.

Tana French (Vermont, 1973), una norteamericana afincada en Irlanda, no estaba en esa zona de comfort de quien esto escribe. Y por tanto cuando uno se enfrenta a una novela negra de alguien que no conoce, ni nadie se la ha recomendado, y que encima tiene más de 500 páginas, lo primero que hace es torcer el gesto y pensar si llegará a la página cien. Lo segundo es introducir el nombre de la autora en Google y descubrir una entrevista que hizo con El País, cuyo titular decía: "Sólo escribo si hay cadáver de por medio". Vaya, suena bien. Total, está uno de vacaciones y para la playa viene perfecta una lectura ligera, que no requiera demasiado esfuerzo -más allá de sostener el libro con una mano en la butaca- ni haga pensar demasiado.

'Intrusión' es más policíaca que negra, se centra más en el caso que en otros aspectos

Error. Intrusión es una muy buena novela negra. Sigue un patrón clásico del género, con un cadáver que aparece en un domicilio y una pareja de investigadores que tendrá que averiguar qué ha ocurrido. Pero a su vez es una obra bastante moderna. Lo es en la temática. El caso parece ser un claro episodio de violencia de género y esa parece la línea a la que se dirige la investigación. Y también lo es por algunos detalles que revelan un cierto conocimiento de cómo funciona una comisaría de policía. Verbigracia, el enfrentamiento abierto de la detective protagonista, Antoinette Conway, con todo el grupo de Homicidios de Dublín, que no es más que el reflejo de una realidad cualquiera en un trabajo cualquiera, pero que hasta ahora no era una opción demasiado explotada en el género.

La detective de French no sólo está peleada con el Grupo de Homicidios. Lo está con el mundo entero. El hallazgo del cadáver le ha jodido su sesión matutina de running. Y su desayuno. Y se pueden ustedes imaginar los pensamientos que recorren la mente de una investigadora de Homicidios que sólo soporta, y a duras penas, a uno de sus compañeros, y que tiene que verse obligada a trabajar bajo la supervisión de la estrella del grupo y a alargar indefinidamente su jornada laboral. French escribe en primera persona, dotando a la gruñona detective Conway de un protagonismo casi absoluto en la novela. Es un personaje que está, al menos en la primera parte, por encima de la trama.

Pero donde realmente lo borda la autora es en los interrogatorios. French ahí se explaya. No le importa recrearse durante 50 ó 60 páginas en una conversación entre policías y sospechoso. Dicho así puede parecer un coñazo, pero las escenas que transcurren en las salas de la Policía de Dublín, la Garda, son magistrales. Hay una enorme tensión en ellas, hasta el punto de que uno casi se siente tan acorralado como la persona que está sometida al interrogatorio. Intrusión brilla en esos pasajes, que son varios a lo largo del libro.

Y gracias a esos diálogos la trama va creciendo. No es que se enrede demasiado, ni que empiecen a aparecer cadáveres salvajemente mutilados a la manera nórdica, ni que tampoco haya un descuido del argumento para describir una realidad social, al estilo Márkaris con la Grecia de la crisis. French es más fiel a sus orígenes norteamericanos en ese sentido. No hay demasiada descripción de la sociedad dublinesa actual en esta novela. Ni tampoco parece que esa sea la intención de la escritora.

Sí hay una fidelidad al género puramente policial. Es decir, los investigadores investigan. Preguntan a testigos, analizan todo lo que encuentran, hacen inspecciones oculares, reflexionan, debaten... y no se dejan ni un solo cabo suelto. Todo lo que pasa en la novela está puesto al servicio de la investigación criminal. Hasta la subtrama de la pelea de Conway y Moran, que así se llama el cándido compañero de la protagonista, con el resto del departamento influirá directamente en la resolución del caso. El libro lo edita en español Alianza, que está formando una interesante colección de novela negra tras hacerse con los dos últimos títulos de Michael Connelly y llevar años editando a autores como Yasmina Khadra.

Puede achacársele a French que le sobran páginas, que podría ser algo más escueta y que la pareja protagonista se pasa buena parte del libro no sólo debatiendo, sino también fabulando. Pero quizás sea ése el trabajo de un investigador de homicidios. Reunir las pruebas suficientes para poder construir un relato veraz de los hechos, y que por supuesto dé con el verdadero culpable entre rejas. Quien esto firma le reprocharía más que ridiculice a la siempre sufrida prensa de sucesos introduciendo a un personaje de un periodista sin escrúpulos, que no tiene ningún reparo en publicar lo primero que algún policía le sopla, aunque nada tenga que ver con el crimen y sólo sirva para echarle morbo al asunto. De esos tipos que no existen en el periodismo. Claro que no.

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