firmado: mister j.

Un nuevo sendero a Oz

  • Eric Shanower y Skottie Young, asistidos por el colorista Jean-François Beaulieu, proponen una relectura visual de 'El mago de Oz' en una moderna e interesante obra

Recuerda Eric Shanower en su introducción a El mago de Oz, adaptación al cómic de la celebérrima obra de L. Frank Baum, que esta fantasía de niñas descarriadas y extraños e incompletos compañeros de viaje no es la primera propiamente americana, pero sí la primera que tocó con contundencia la fibra de los lectores y ocupó un lugar de privilegio "en las estanterías de la gran literatura americana". Y es cierto que el libro de Baum, The Wonderful Wizard of Oz (1900), fue un fenomenal éxito de ventas, y que le siguieron una larga lista de secuelas y todo tipo de versiones: teatrales, fílmicas, radiofónicas, televisivas, historietísticas…, comenzando, si no me equivoco, con el también muy exitoso espectáculo musical estrenado el 16 de junio de 1902 en Chicago y llevado poco más tarde a Broadway.

Hablar de El mago de Oz es, pues, hablar de una obra en marcha pergeñada por numerosos autores, de los que Baum es sólo el primero, o sea, de un constructo que trata de resolver el problema planteado en el texto inicial. ¿Qué otra cosa viene siendo si no la literatura desde el principio de los tiempos? Repetición y variación… Tal vez lo moderno sea sólo la amplitud multimedia, la fenomenal diversificación de lenguajes artísticos disponibles para el adaptador. Y bueno, todo el mundo sabe que Disney, por no alejarnos demasiado, ha insertado en la memoria colectiva una Alicia y un Peter Pan -de este último se da la curiosa circunstancia que comenzó en la escena, con la obra de teatro de J. M. Barrie estrenada en 1904, y posee una variación soberbia, una adaptación definitiva, que es la novelización del drama escrita por el propio Barrie: Peter y Wendy (1911)-. Pero son ambas propuestas, las de Disney, almibaradas, reductoras de significados. Sin embargo si hablamos de Oz el modelo es majestuoso; me refiero, cómo no, a la película de Victor Fleming, que ha convertido la anécdota literaria en seña de identidad estadounidense y mito planetario.

Dice, por ejemplo, Salman Rushdie en su ensayo El mago de Oz (Gedisa, 2005): "El mago de Oz me convirtió en un escritor", y uno puede llevarse a engaño. Fíjense qué pasa si cito ahora la frase completa: "Ver por primera vez El mago de Oz me convirtió en un escritor". Están ahí, en la película, Dorothy y el león cobarde y el espantapájaros y el hombre de hojalata, igual que en el libro de Baum, pero, ay, está además la música y la puesta en escena y la inolvidable fotografía en sepia y technicolor y los decorados y el diseño de vestuarios y especialmente la volcánica presencia de Judy Garland. El filme es el más opíparo festín, del que seguramente el libro de Baum sea el entremés que uno a veces ni prueba.

Con tamaño precedente, vienen el citado Shanower y el dibujante Skottie Young, asistidos por el colorista Jean-François Beaulieu, a proponer una relectura visual de este que no es el primer mito fantástico puramente estadounidense, pero quién lo diría. Y el resultado es moderno e interesante, dinámico y hermoso; una voluntariosa obra de amor que, desde aquí, les recomiendo. Sobre todo si quieren leer el mito con ojos nuevos y recrearse en el argumento literario, viajar a la raíz del meollo y apartar por un rato los fotogramas. De la calidad de la adaptación dan cuenta los dos premios Eisner que obtuvo el tebeo en 2010: a la mejor serie limitada y a la mejor publicación para niños.

Un sendero nuevo a Oz; y la fuente, que no se agota.

l firmadomisterj.blogspot.com

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