Tres obras para orquesta

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Orquesta Filarmónica de Málaga. Teatro Cervantes. 2 de diciembre. Director: Yaron Traub. Arpa: Cristina Montes. Programa: Capricho español, Op.34, de N. Rimski-Korsakov; Concierto para arpa, Op.25, deA. Ginastera; y Danzas sinfónicas, Op.45, S. deRachmaninov. Aforo: Tres cuartas partes.

Cuando el joven Nicolai Rimsky-Korsakov, siguiendo el consejo del mismísimo Tchaikovski abandonó el orientalismo musical para iniciarse en la ortodoxia académica, no sólo tuvo que enfrentarse a sus viejos camaradas nacionalistas, sino a algo mucho peor: una profunda crisis creativa. El riesgo de quedar atrapado por la técnica a punto estuvo de privarnos de uno de los grandes maestros rusos de todos los tiempos.

Después vinieron Scheherezade y el Capricho español, con el que abrió en el Teatro Cervantes el séptimo concierto de abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga. El programa lo completaban otras dos joyas de la orquestación, el Concierto para arpa y orquesta, de Alberto Ginastera y las Danzas sinfónicas de Sergei Rachmaninov. Al frente de la OFM estuvo el israelita Yaron Traub, actual titular de la Orquesta de Valencia.

El comienzo no fue bueno; faltó fluidez y compenetración; había algo de esclerótico en los pasajes más rítmicos del Capricho. Sólo en las partes finales empezó a funcionar un engranaje que ya no volvería a fallar. El Concierto de Ginastera, en el que la joven arpista Cristina Montes demostró por qué está llamada a ser una de las figuras de su generación, fue una delicia al que no hizo justicia un público algo desganado a la hora de los reconocimientos.

Una obra de equilibrios y contrastes entre los ritmos danzables de los movimientos impares -con una brillante presencia de la sección de percusión- y las atmósferas oníricas, de reminiscencias impresionistas, recreadas por el frágil sonido del arpa sobre texturas sonoras de los violines, violas y vientos. Cristina Montes consiguió, con un toque delicado, pero resuelto sin duda, equilibrar tan desigual distribución de fuerzas.

Las Danzas sinfónicas fueron un espléndido colofón. Yaron Traub (que ya las ha dirigido este año en Valencia) exprimió el potencial expresivo de estas enigmáticas danzas con una conducción sin tacha -y una magnífica interpretación de los metales y las cuerdas- de esta inteligente y sentimentalmente intensa partitura.

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