Diez obras que rompieron el telón

  • La historia del teatro en Málaga, aunque a menudo parezca lo contrario, da para mucho. Proponer las diez mejores funciones en el plazo que la memoria nos concede resulta, por tanto, descabellado, pero aquí va un sincero intento. Podrán plantearse todas las salvedades en cuanto a criterios de tiempo, espacio, calidad e incluso participación local, porque es seguro que cada amante del género tendrá su propio canon (habría quien igualmente eche de menos montajes de danza y ópera, pero éstos juegan en otra liga y serán debidamente recordados a su tiempo): sin embargo, igualmente, nadie podrá negar que estos diez momentos, a continación detallados, despertaron en el público (a veces tumultoso, a veces cercanos al ambiente familiar) sensaciones próximas a la catarsis, como sólo puede lograr el teatro. Pasen, vean y juzguen.

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El siguiente listado no debe considerarse un ranking. Cambien el orden a su gusto y obtendrán aproximadamente el mismo resultado.

1.- La mujer del mar. En enero de 2006, el Cervantes acogió dentro del Festival Internacional de Teatro este montaje de la obra de Henrik Ibsen, con adaptación de Susan Sontag y dirigido por el maestro Bob Wilson, que trabajó para la ocasión con la compañía del Teatro Dramático de Varsovia. Las emociones entonces vividas resultan todavía inexplicables: la luz, la interpretación, la escenografía y la música de Michael Galasso fueron más cuestión de milagro que de oficio, aunque lo más difícil siempre parecía fácil. Ni de lejos Ibsen podría haber llegado a soñar que alguien iba a ser capaz de lograr un espectáculo tan hermoso y conmovedor con su texto. Quienes lo vieron lo saben. Paradoja: esta obra sustiyó en el cartel del festival a un Dulce pájaro de juventud que iba a protagonizar Claudia Cardinale, quien cayó enferma. Afortunadamente, y con todos los respetos.

2.- La habitación de Isabella. En noviembre de 2005, pocos sabían en la ciudad de la Needcompany, la compañía belga que presentó en el Cánovas esta obra, triunfadora absoluta de la edición del Festival de Aviñón de aquel año. Pero quienes asistieron a las funciones programadas en el teatro de El Ejido comprendieron que algo, irremediablemente, había cambiado para siempre en la historia de las artes escénicas en Málaga. La obra escrita y dirigida por Jan Lawers abrió definitivamente en este rincón del Mediterráneo las puertas de la creación contemporánea, con un montaje sublime que representaba sobre las tablas los dos hemisferios del cerebro de una mujer que recuerda su propia versión del siglo XX antes del fin. El resultado fue una redención del arte, que integraba música, danza, interpretación, cine en directo y otras muchas suertes de una manera tan mágica como misteriosa. El trabajo de la actriz Viviane de Muynck, gran dama del teatro alemán, se clavó en las miradas y corazones como a fuego.

3.- Edipo Rey. El griego Stavros Doufexis dirigió la representación de la gran tragedia de Sófocles adaptada por Agustín García Calvo que se celebró en el Teatro Romano en 1982 con José Luis Gómez como protagonista, y colocó un hito de grandes dimensiones, recordado por quienes lo compartieron como si hubiera ocurrido ayer. Sirva este ejemplo para hacer memoria y reivindicar el uso del Teatro Romano como espacio escénico, a imagen de los inolvidables espectáculos que cosecharan el Teatro ARA y numerosas compañías internacionales. Aquel mismo 1982 la Asamblea de Teatro de Turín escribió una de las páginas doradas de las artes escénicas, al igual que hicieran en 1983 los belgas Plan K. La Royal Shakespeare Company de Bélgica subió el nivel en 1984 con El sueño de una noche de verano. Pero antes, en 1979, un joven Antonio Banderas daba vida a Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare bajo la dirección de Luis Balaguer y Matoya del Real, colaboradores cercanos de José Tamayo.

4.- La cabra o ¿Quién es Sylvia? José María Pou se hizo en 2006 con el Premio Nacional de Teatro por la adaptación de esta obra de Edward Albee, que supuso su debut como director y que poco antes del nombramiento escenificó en el Cervantes. El impacto brutal que significó la puesta en escena, de un equilibro increíble entre momentos de cauterizada calma y desatada furia, provocó un temblor en las butacas que todavía perdura. Pou, uno de los mejores actores españoles, contó la historia de un arquitecto de prestigio, honrado padre de familia, que decide mantener relaciones sexuales con una cabra y abofeteó todos los corazones que se le pusieron por delante. El malagueño Juanma Lara participó en el reparto y estuvo a la altura, tanto como el animal, cuya aparición despertó risas, terrores y fiebres entre un público poco acostumbrado a tormentas de tan altísimo voltaje.

5.- Lázaro en el laberinto. En 1987, recién reinaugurado tras su reforma, el Teatro Cervantes acogió la representación de una de las últimas obras de Antonio Buero Vallejo, estrenada el año anterior en el Teatro Maravillas de Madrid. La interpretación de Jesús Puente, que pocos años después comenzaría su definitivo estrellato televisivo, pidió a gritos su lugar en la historia. Por allí andaba una jovencita Amparo Larrañaga.

6.- La tempestad. En mayo de 2006 (definitivamente, el año más importante en la historia del teatro en Málaga desde 1982), Lluís Pasqual subió a las tablas del Teatro Cervantes su doblete shakespeariano; el primer capítulo, un Hamlet con Eduard Fernández y Marisa Paredes, resultó magistral; pero el segundo, La tempestad, consiguió cotas prodigiosas. Comprendida como una coreografía en el más estricto sentido clásico, pero a la vez plagada de contemporaneidad, la puesta en escena resultó una suma de felicísimos hallazgos estéticos. La interpretación de Francesc Orella como Próspero fue un verdadero regalo para la afición malagueña. Pocas veces Shakespeare se ha manifestado tan vivo, tan cargado de intenciones, tan actual en sus propósitos y sus alcances. Tan necesario para vivir y sentir el teatro hoy día.

7.- Aullido. La llegada del italiano Pippo Delbono a Málaga es uno de los logros fundamentales del Festival Internacional de Teatro. En febrero de 2005, el italiano subió a varias decenas de personas a las tablas del Teatro Cervantes para la representación de Aullido, una de las reflexiones políticas y estéticas más impresionantes de las últimas décadas. De toda la jauría de movimientos y músicas, aparentemente inconexas pero llenas de significados, cabe recordar dos momentos: la aparición mesiánica del inconmensurable Bobó con un cordero en sus brazos y uno de los monólogos sangrientos a cargo del mismo Delbono: “He visto las mejores voces de mi generación destruidas, hambrientas, sonámbulas al alba en busca de la misma droga”. Dos años después, el festival volvería a recibir a este gran creador con un Enrique V lleno de sombras y silencios. Magistral.

8.- Calígula. En 1998, el Teatro Alameda acogió dos representaciones de la compañía cubana El Público, una de las más representativas y señeras de la isla caribeña. La primera fue una adaptación de la película de Tabío y Gutiérrez Alea Fresa y chocolate, en la que participaba el actor Vladimir Cruz con el mismo papel que interpretaba en la cinta. La segunda fue una despampanente versión del Calígula de Albert Camus, realizada a base de imaginación escénica, una sorprendente economía de medios y una filigrana de caracterizaciones y acrobacias estéticas. Los ambientes cabareteros y los acuartelamientos militares propiciaron una lectura inédita y asombrosa de la clarividente denuncia de los regímenes totalitarios. Con mucha libertad y mucho amor al oficio. La propuesta nada tuvo que envidiar a la histórica de José María Rodero, pero para gustos hay almas.

9.- Los que ríen los últimos. Se podría optar por cualquier actuación de La Zaranda en Málaga, así que nos quedamos con la última, en noviembre de 2006. La compañía jerezana encogió al respetable que presenció la maravilla en el Teatro Cánovas, una recreación de La Odisea salpicada por todas partes de Nietzsche, Beckett y María Zambrano. Tres hermanos orquestados por Paco de La Zaranda vuelan en un barreño en busca del padre, sobre montañas de basura que desde el cielo parecen puñaítos. El texto de Eusebio Calonge destilaba una poesía admirable, directa al tuétano. En muy pocas ocasiones el teatro ha propiciado una redención de tal calibre del ser humano; habría que remontarse quizá unos cuantos miles de años para encontrar un exorcismo semejante. En Málaga, aquella noche, un buen ejército de lágrimas dio cuenta desde un patio de butacas de esta absolución. Más que arte.

10.- San Francisco, juglar de Dios. Rafael Álvarez El Brujo se alió con el Nobel, maestro y bufón Dario Fo para la representación de esta revisión del santo de Asís basada en la tradición oral, una de las obras más hermosas y ardientes del italiano. El de Lucena puso toda la carne y todo el espíritu en el asador y alumbró una de las transfiguraciones más enmudecedoras que han podido verse en un escenario. Málaga tuvo la oportunidad de presenciar esta fuente de felicidad en dos ocasiones, en 2003 en el Teatro Cánovas y en 2007 en la Sala Gades; en ambas, el actor sembró con su palabra casi susurrada las mil historias que hablaban de un hombre tocado por Dios y silenciado a lo largo de los siglos por los albaceas del mismo. Sin un solo golpe de más, sin aspavientos ni trampas, con los magníficos telones de Fo como fondo, a media luz y a media voz, El Brujo se hizo eterno a base de un humor que salva vidas. Si la subida al trono papal se hiciera a través de un referendum, más de un católico arrepentido votaría con los ojos cerrados a este juglar para el puesto de sumo pontífice.

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