Los ojos como laberintos

  • La malagueña editorial Alfama publica en España el libro de la escritora argentina Solange Fernández Ordóñez 'La mirada de Borges', un acercamiento íntimo al genio que recoge material inédito del autor

Borges es Borges y la experiencias que se tengan de él. La argentina Solange Fernández Ordóñez (1944), conocida en Buenos Aires por su extensa gestión en actividades culturales y a la sazón escritora casi secreta, es hija del que fuera abogado y gran amigo del autor de Ficciones. Esta proximidad le permitió ganar cierta intimidad con el genio y recibir, de manos de su padre, diversos cuadernos de notas del autor que habían permanecido inéditos. Fernández Ordóñez decidió aprovechar ambos materiales, literarios y humanos, para gestar un libro propio, La mirada de Borges, materialización de aquella relación que dio de sí largas horas de conversación entre libros y silencios.

La editorial Simurg publicó el volumen en Argentina y ahora el sello malagueño Alfama lo pone en circulación para los lectores españoles: a partir de mañana, este hermoso testimonio sobre uno de los escritores imprescindibles del siglo XX podrá adquirirse en las librerías, para alborozo de propios y extraños. Nunca es tarde para acercarse a Borges, y mucho menos, si el acercamiento ya se ha producido, para disfrutar con el relato sincero de quien tuvo la fortuna de conocerle de cerca.

Desde Buenos Aires, Solange Fernández Ordóñez explica las claves de su obra, empezando por la paradoja íntima que encierra el título. La autora, que apunta en el libro: "Ahora él mismo es Homero", admite que estas expresiones nacen "de mi entusiasmo y de mi emoción frente a la palabra de Borges". Pero la relación con el caudal homérico va mucho más allá de la coincidente ceguera: "Borges crea efectivamente su propio corpus mitológico, pero no sabemos si lo hizo a conciencia o si fue armándose para él a medida que construía su intensa obra".

Como decía Picasso: "Yo no busco, encuentro". Y también es cierto que Borges confesó su agobio frente a la propia simbología, y lo dice en Borges y yo cuando se refiere al otro (al Borges escritor) de la manera más bella: "...yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro."

De la mitología nace el misterio, tan presente en la obra del argentino a modo de laberintos para el arte y la razón. Ahora bien, si la obra de Borges es el laberinto y el lector es Teseo, ¿qué sería el Minotauro? ¿Y el hilo de Ariadna? Es decir, ¿cómo se puede alcanzar el otro lado?

"No debemos, creo, como lectores, descubrir al Minotauro; es mejor dejarlo allí, no conocerlo. Y parece necesario también tolerar que no hay un hilo de Ariadna que nos lleve a salida alguna. Toda nuestra vida representa un laberinto único, individual, ¿quién podría indicarnos la salida, los caminos? El misterio del arte repite lo que sucede de inexplicable en nuestro propio devenir. Yo, como lectora, disfruto de ese no entender del todo algunos términos del relato, porque en ellos se refleja mi propia existencia. Cuanto menos entienda el lector más posibilidades tiene de hallar la revelación de lo que quiso decir el autor. Es una de las enseñanzas que recibí de Borges".

Como superación de este Borges mitológico aparece un Borges metafísico; en realidad, "toda su obra representa una especie de caverna, donde las palabras, las suyas y la de otros escritores, reverberan unas sobre otras, entrecruzándose, espejándose, para completar y a veces para contradecir su primer significado". Y aquí un posible Borges cristiano: "Él se declaraba agnóstico, pero se podría inferir la existencia de un Borges cristiano, creyente, pero no en el sentido canónico, eclesiástico".

Y si Borges cree que Judas ayuda a Jesús a cumplir su misión [en el cuento Tres versiones de Judas], quiere decir que Borges comparte la opinión de algunos grandes teólogos". En La mirada de Borges, Fernández Ordóñez se vale, además, de Pitágoras para abrazar al maestro esotérico que el autor del Libro de los seres extraordinarios fue también: "Si hay un trasfondo esotérico eso le sirve a Borges para sostener el relato e incitar al lector a deducciones reales o fantásticas. Se trata de disfrutar el proceso de la escritura y en consecuencia, disfrutar el proceso de la lectura".

Mil y un Borges se dan cita en este encuentro cercano al escritor eterno. Y especialmente el más próximo, el que comparte la mesa: "Al estar cerca de Borges yo he sentido siempre, cada vez, que me estaba sucediendo algo inmenso, o indimenso, si se pudiera decir. En ocasiones lo he acompañado a tal o cual sitio, pues al ser ciego necesitaba ayuda. En estos cortos paseos pude corroborar su humildad: lo detenían permanentemente en la calle y siempre era cordial, escuchaba con atención lo que le decían o preguntaban; respondía las preguntas con paciencia, como si tuviese todo el tiempo a disposición del otro; sostenía el fino humor que siempre lo acompañó en la vida. Tenía la cualidad, a pesar de la ceguera o de la edad, de hacerle sentir a uno su protección: a su lado, era él quién cuidaba de uno. Supongo que esto se debía a su caballerosidad extrema pero, sobre todo, a su inteligencia que parecía refulgir más allá de cualquier palabra o de cualquier gesto. Con los años, esa poderosa inteligencia fue convirtiéndose en sabiduría". Y tanto.

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