Crítica de Cine

Antes de que seamos olvido

Ángela Molina y Miguel Ángel Solá, en una escena de 'El último traje'. Ángela Molina y Miguel Ángel Solá, en una escena de 'El último traje'.

Ángela Molina y Miguel Ángel Solá, en una escena de 'El último traje'.

Un anciano judío que buscó refugio en Argentina tras sobrevivir al Holocausto inicia un largo viaje hasta Polonia para dar las gracias a quien le salvó la vida antes de que la reclusión en un geriátrico, el olvido o la muerte presentida se lo impidan. En varios niveles que se entrecruzan -sus recuerdos del Holocausto, su vida en Argentina, su familia y sus encuentros durante el viaje- esta película, que podría haber sido blanda pero no lo es, presenta un típico relato de viaje de despedida que podría recordar en chiquitito a Una historia verdadera o A propósito de Schmidt. Previsible cine de emociones, de soledades rotas -siquiera en parte- más por encuentros casuales con extraños que por los lazos familiares, de humor triste o de tristeza con sonrisa, en la que necesariamente todo depende de la interpretación. Ésta, a cargo de Pablo Solarz, es intensa y convincente aunque sobrada de ciertos resabios teatrales y perjudicada por un maquillaje de envejecimiento poco afortunado (digresión capilar: muy pocas películas, hasta la era digital, han logrado superar este obstáculo, desde los polvos de talco de Heston en Los diez mandamientos y los de Hudson y Taylor en Gigante hasta el pésimo envejecimiento de Dullea en la mismísima 2001 o el de De Niro de Erase una vez en América... y así hasta -ya en la era digital- el de Juliane Moore en Las horas).

Esto, más que el tratamiento, hace que la película, en sus momentos más débiles, se balancee entre Garci y Tornatore. Las secundarias de renombre con personajes importantes -Ángela Molina, Natalia Verbeke, Julia Beeerhold- aparecen y desaparecen en un trueque de aprendizajes emocionales entre el protagonista y ellas. La escribe y dirige el sorprendentemente polifacético guionista y director argentino Pablo Solarz, prolífico autor de guiones de comedias muy comerciales (las últimas: El boludo o Se busca novio... para mi mujer) pero también del de Historias mínimas de Carlos Sorin. Hace siete años debutó sin excesiva gloria en la dirección con Juntos para siempre. Su tardío regreso mejora su anterior trabajo pero parece reafirmar que está más en su elemento ante el teclado del ordenador que tras una cámara. Dicho lo cual hay que añadir que entretiene, divierte a ratos y emociona un poquito sin ofender con demasiadas facilonerías blandengues.

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