El origen de los cuerpos terrestres

Si el hombre está hecho de la misma materia de los sueños, que dijo el inglés de turno, quedaba por ver de qué manera las reacciones inconscientes pueden tocarse, tener plenitud física en un escenario. Marta Carrasco lo ha conseguido. Su último trabajo, J'arrive...!, recoge elementos de los cinco espectáculos producidos junto a su compañía entre 1995 y 2005 y presenta, de esta manera, una completa colección de emociones humanas traducidas en el imperfecto, pero transparente, regocijo de la materia. El montaje descansa en los cuerpos terrestres, el objeto y la anatomía humana, empleados en la búsqueda (un tanto freudiana, si se quiere) del origen de todo. El espectador ejerce la contemplación de la alegría, la soledad, el dolor, el miedo, la inocencia, la pérdida, el derribo, la esperanza, la deshumanización y el encuentro, como en un mapa de los territorios invisibles del alma. Pero lo que conduce a ésta, revelación, es lo tangible. Sin texto, sin argumento, sin el capricho aristotélico que consagra la palabra y la medida racional como únicas vías del logos, Marta Carrasco propone la elasticidad del cuerpo y la cosa como una gnosis que permite, también, alcanzar el conocimiento. Y, de nuevo, lo consigue. El movimiento, la música, la quietud y el silencio instauran un nuevo método para saber qué es el mundo. Y funciona. Se aprende.

En J'arrive hay sueños, pero también pesadillas, representadas con estremecedor realismo en los márgenes de la fantasía. Los seis bailarines/actores saltan, corren, se arrojan, se golpean, comen, beben, escupen, se desnudan, se visten, se empapan, arremeten contra todo lo que sale a su paso y miran con ojos que a Nietzsche le habrían parecido demasiado humanos. El espectáculo transcurre con una agilidad pasmosa, valiente y digna de los maestros. Momentos como la agonía del mar de plástico, la tortura en el sillón, el banquete dionisíaco y el baile en solitario de Marta Carrasco, transustanciada en una Piedad que escarba en la piedra, merecen permanecer para siempre en el recuerdo. A Brel se le quedaría pequeña Tahití de puro gusto.

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