Del origen del teatro a la raíz de la memoria

Teatro Echegaray. Fecha: 9 de octubre. Compañía: Familie Flöz. Dirección: Michael Vogel. Creación: Anna Kistel, Sebastian Kautz, Thomas Rascher, Hajo Schüler, Frederick Rohn y Michael Vogel. Reparto: Anna Kistel, Sebastian Kautz, Thomas Rascher y Frederick Rohn. Máscaras: Hajo Schüler. Aforo: 300 personas (lleno).

Hay algo en Hotel Paradiso que remite al origen del teatro, al menos al origen del espacio vacío que consignó Peter Brook. Las fabulosas máscaras de Hajo Schüler contribuyen sin duda, como una línea que conduce a las fiestas dionisíacas en las que los corifeos las utilizaban, al igual que la Familie Flöz, para interpretar varios personajes. Pero lo que acontece aquí es una referencia a un big bang más emocional: al congelar (que no eliminar) la expresión facial y al sustituir el texto espectacular por músicas, golpes y toda clase de efectos realistas, el montaje, en un alarde magistral de investigación escénica, ahonda en el poder que las tablas mantienen para otorgar significados a cualquier mínimo evento o accidente que acontezca en sus dominios. Y este fantástico laboratorio tiene su otra raíz en la disciplina que mejor ha sabido vincular la emoción a la estética del movimiento: el cine, el mismo que en su origen tampoco estuvo ligado a la palabra. Así, cada gesto manual o corporal, cada paso de baile, cada acrobacia, cada coreografía, cada detalle de la escenografía, cada cambio en la iluminación, cada entrada y cada salida multiplican por mucho el poder perturbador e inspirador que conservarían si los actores añadieran al registro la mímica de sus rostros y los diálogos acostumbrados. Esto ocurre, igualmente, porque los actores de Familie Flöz son rematadamente buenos, y porque además (no hay que ser un lince para constatarlo) cada interpretación individual nace de un depurado proceso colectivo, donde las decisiones confluyen desde todas las partes implicadas.

El resultado es el viaje a otro origen: el de la memoria personal, el del placer de disfrutar con personajes que se van revelando en cada escena de manera poderosa y distinta. Para pasárselo bien con el muy divertido espectáculo que es Hotel Paradiso ocurre un poco como con el Reino de los Cielos: hay que volver a ser niño. O mejor, serlo directamente. En la infancia, los personajes que pasan a formar parte del imaginario sentimental de cada crío no llaman su atención por lo que dicen, ni por lo que piensan, ni siquiera por cómo se comportan, sino por lo que hacen. Y es ese mismo hacer el que mantiene al público pendiente como una estaca del siguiente instante que se vive en el Hotel Paradiso, un derroche de imaginación, seguramente una de las mejores obras que se han visto en Málaga en bastante tiempo. Sobra decir que el Teatro Echegaray ha apostado muy fuerte en su primera bala, pero ante semejante declaración de principios sólo cabe decir: queremos más.

Más allá de su valor crítico, el montaje se desarrolla en un in crescendo brutal que asciende de la leve sonrisa al humor más negro, con un ejemplar sentido del ritmo. La escenografía resulta proverbial, repleta de puertas para que el espectador acepte las reglas del juego y comprenda desde bien pronto que cualquier sorpresa puede atacar en cualquier momento desde cualquier flanco. Hasta la propina musical, a modo de sainete, embriaga los sentidos y el ánimo. Si no tienen nada mejor que hacer, vayan hoy a ver a estos alemanes, que repiten. Su espíritu se lo agradecerá.

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