La originalidad no es suficiente

Crebinsky.España, 2011. Comedia. Dirección: Enrique Otero. Guión: Enrique Otero y Miguel de Lira. Intérpretes: Miguel de Lira, Sergio Zearreta, Luis Tosar, Celso Bugallo, Yolanda Muíños, Farruco Castromán.

A pesar de su deuda infinita con Emir Kusturica, especialmente con su Underground (¿nadie se atreve a hacer una película sobre la leyenda acerca de los gallegos que llegaron a la luna para escapar de la romanización de la península?), Crebinsky parte de unos presupuestos netamente originales y de una mirada singular al mundo y a la historia, lo que, en un festival como el de Málaga y en una Sección Oficial como la que llevamos, es muy de agradecer. Los protagonistas (pintados también a veces con el trazo más grueso made in Javier Fesser) destilan emoción, ternura, justicia e imaginación a la hora de adaptarse al medio, características también raras en el panorama del cine español actual. Su soledad casa bien con la cámara, así como los territorios que exploran. Pero, lamentablemente, la originalidad, siendo tan necesaria, no resulta suficiente por sí sola para firmar una buena película. Crebinsky abre demasiadas puertas que prometen y luego parecen conducir a nada. El ritmo es desigual, hecho a base de picos cada vez más romos. Hay persecuciones que se inician y cierta ley del cine inclina a pensar que esas persecuciones van a continuar, que van a deparar algunas sorpresas o, por lo menos, van a llevar a alguna parte. Pero aquí las persecuciones se quedan una y otra vez en un bluf, y ante eso uno sólo puede pensar que o le están tomando el pelo o se aburre soberanamente. Entiéndase: Enrique Otero ha hecho bien en no hacer de CrebinskyLos albóndigas en remojo, pero su película pide más agilidad a gritos. El asombro por el mundo propio que crea dura diez minutos y de ninguna manera basta para sostener la película. Y en el fondo es una pena, porque hay apuntes notables, la música subraya algunos pasajes con inteligencia (otro motivo más para que la trama y el ritmo respondieran) y uno termina encariñándose con los dos figuras, a pesar de que esté mirando el reloj para calcular lo que falta.

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