Un paisaje humano interrumpido

Como otras muchas obras de su generación dentro del teatro norteamericano, si bien tardíamente, la Agnes de Dios de Pielmeier pretendía, allá en el tránsito de los años 70 a los 80, presentar al espectador una panorámica lo más completa posible del ser humano. Para ello, siguiendo los pasos de Edward Albee y otros pioneros, el autor recurrió al desarrollo de elementos psicológicos, próximos al psicoanálisis, para profundizar en las sombras menos perceptibles de este paisaje. Pielmeier abordó los traumas que podían derivarse de la lucha entre lo carnal y lo espiritual, lo verificable y lo misterioso, lo trascendente y lo material, situando entre ambos ejes a la protagonista, Agnes, una novicia implicada en el caso de un bebé muerto. El resultado es un trazado nada complaciente que une los extremos más alejados de la persona: el que cree en una divinidad superior y el que rechaza todo lo que no pueda asumir y comprender con sus sentidos.

La lectura de esta obra que hace Fernando Méndez-Leite en la función representada ayer y hoy en el Cervantes subraya todo lo que sobre el conflicto entre razón y religiosidad contiene el texto de Pielmeier. Lo hace en una versión reducida, que acentúa los momentos más dinámicos de la obra y aligera o directamente elimina los más reflexivos, los que dotan de contenido al enfrentamiento, encarnado aquí en una psiquiatra aparentemente atea (Higueras) y una monja aparentemente piadosa (Faltoyano). La propuesta funciona bien en las primeras escenas de la obra, especialmente cuando se introducen los episodios narrativos que reproducen los acontecimientos pasados. El problema es que se delata tanto la intención de Méndez-Leite de entretener y aliviar, que el conflicto se desarrolla sin apenas argumentos: el paisaje humano que se despliega, tanto en lo cristiano como en lo agnóstico, se queda más incompleto de lo que debiera. El resultado: algunos de los pasajes en los que el duelo se expresa de una manera más vital pierden credibilidad, especialmente aquéllos que quieren sugerir una complicidad entre las protagonistas.

Por otra parte, cabe recordar que Pielmeier comenzó en el teatro como actor y por eso depositó en Agnes un verdadero catálogo de registros, regalo para cualquier actriz. Quizá porque el paisaje humano sólo puede consignarse desde la interpretación y el primero no cuaja, la segunda termina diluyéndose y haciéndose obvia donde no debiera, salvo en el caso de la excelente Ruth Salas. Falta, ay, corazón.

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