'Tres palomas', memoria tangible

  • TRES PALOMAS Cannes, 18 noviembre 1960. Óleo sobre lienzo. 49,5 x 107,5 cm. Fechado en el reverso: 18.11.60. II. Donación de Christine Ruiz-Picasso'Málaga hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

QUIENES se preguntan los motivos por los que Picasso escogió la paloma como símbolo de la paz no pueden pasar en alto que, para el propio artista, este animal representaba sus años de infancia. La paz significaba para el genio los momentos que compartía con su padre en el palomar instalado en el antiguo Colegio de San Agustín, instantes de intimidad en los que Picasso se sentía invariablemente protegido. La paloma sería después un motivo recurrente en su pintura, y él mismo instalaría su propio palomar en distintos emplazamientos, también en su casa de La Californie, en Cannes. Un retrato de este palomar, realizado en 1960 y titulado Tres palomas, se conserva en la colección permanente del Museo Picasso Málaga. A pesar de su aparente sencillez, son muchas las claves tras la que se oculta el Pablo Picasso que quiso regresar siempre al palomar paterno, allí donde era posible echar a volar la imaginación junto a aquellos pájaros ruidosos sin temores ni servidumbres.

El mismo José Ruiz Blasco pintó en diversas ocasiones su propio palomar, y en estos cuadros se halla la primera inspiración que asalta aquí al creador malagueño. La técnica, sin embargo, es bien distinta: del perfil depurado de antaño, Picasso salta a un trazo grueso y basto, como si el lienzo hubiera sido asaltado sin remilgos. O, más bien, como lo habría hecho el niño que subía al palomar de su padre, un niño libre. Si el color parece armónico y equilibrado desde lejos, el vistazo cercano revela un cierto desorden, una distribución manual de los tonos, que casi adquieren rango figurativo. Se adivina la mano del pintor repartiendo el color en los contornos. Pero la proximidad informa de más datos: los blancos que se perciben en los cuerpos de las palomas no son obra del color, sino el lienzo desnudo, intacto. Ello permite al observador adivinar el proceso en que han sido creadas las palomas, ya que cada una presenta un nivel de desarrollo bien distinto: en la primera aparecen los rasgos casi definitivos de una anatomía completa, en la segunda algunos elementos han sido eliminados y la tercera es apenas una mancha blanca (o mejor un espacio vacío) en el que unas simples líneas avisan de la presencia del ave. Es como la evolución pictórica de la misma paloma, mostrada al público no sin cierto afán didáctico.

De nuevo Picasso encuentra, no busca. La impresión al usar el vacío del lienzo como elemento básico para las formas incita a pensar que Picasso sabía que las palomas ya estaban en el mismo antes siquiera de tocarlo, ocultas, aún sin relieve. La misión del artista es sacarlas a la luz. Hay un sentido platónico en este trabajo: Picasso no inventa las palomas, las recuerda, y encuentra ese recuerdo plasmado en un lienzo inmaculado. Lo único que él puede hacer es revelar el negativo, todo le ha sido dado de antemano en una experiencia que se mantiene viva en la memoria. El autor inicia así su particular viaje al mundo de las ideas, que, como avisó Platón, es el mundo de los recuerdos: la acción de todos los pensamientos originales ya ocurrió, sólo pueden ser reconstruidos. De hecho, Tres palomas es, si se quiere, una representación de la memoria, de la memoria maltrecha de un anciano que lucha por mantener enteras las vivencias de su niñez. El vacío del lienzo desde el que se conforman las palomas es una (des)materialización del olvido, implacable. Las palomas que fueron juegos de la niñez desaparecen, se diluyen en algo que no es. Se establece así un combate contra el tiempo, este sí es físico y tangible, representado en una pintura salvaje y gruesa. Libre.

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