El paseante insomne

  • La editorial El Olivo Azul publica 'Las noches revolucionarias'

Según nos cuenta Alicia Mariño Espuelas, prologuista de Las noches revolucionarias, esta obra forma parte de Las noches de París, dilatada y corpulenta crónica de Nicolás-Edme Rétif de la Bretonne, donde el escritor ejerció de temprano flâneur, de riguroso notario de la ciudad francesa en el último cuarto del siglo XVIII. En concreto, Las noches revolucionarias serían el fragmento que da fin a dicha crónica, y donde se relatan, no sólo el origen de la Revolución francesa, la incipiente inquietud que dio paso al crimen, sino el ápice de brutalidad y la conmoción política de la que nace, atropelladamente, el mundo contemporáneo.

No obstante, la particularidad mayor de La Bretonne no es su condición de testigo. Existen otros testimonios donde la caída del Antiguo Régimen se expone, ya sea con la grandeza melancólica de Chateaubriand, ya con la virulencia analítica y el genio conservador de Edmund Burke. La novedad de La Bretonne es otra. Y esta novedad es, precisamente, aquella que lo convierte en hijo de su tiempo y en criatura impar dentro de la trepidación nocturna de la vida parisina. En definitiva, La Bretonne es un mirón. O dicho con las palabras de Edgar Poe, que definirá este nuevo tipo humano varias décadas más tarde: La Bretonne es El hombre de la multitud, aquel curioso emboscado en el número, parapetado en él, que observa sin ser visto y vive de su observación. Como sabemos, Baudelaire, siguiendo a Poe, hará el elogio de este diletante que se nutre de la ciudad y la noche y trae ya una nueva poética. Como sabemos, Walter Benjamin postulará la figura del observador, del flâneur, como el origen inmediato de otro perfil moderno: el detective privado. Sin embargo, para llegar aquí hacen falta dos conceptos, dos realidades nunca vistas hasta entonces. Y serán ellas las que harán de Rétif de la Bretonne el celérico, el vertiginoso cronista de una época nueva. Me refiero a la masa y la metrópoli. Sin la masa indiscriminada y turbulenta, sin la gran ciudad proclive al hacinamiento, el París de La Bretonne hubiera sido otro. A ello hay que añadirle la noche, la invención y conquista de la noche, cuyas luminarias alumbraron, no sólo al vagabundo y al bohemio; también al criminal, al delator, al espía. También a un nuevo y minucioso terror de Estado.

De este modo, el espía Fouché, el periodista La Bretonne, la masa y los fanales, el café de los conspiradores nocturnos, gestaban separadamente una criatura nueva: el ciudadano. Formidable criatura que, al decir de Chateaubriand, se hallaba lejos, muy lejos. Tras un mar de sangre.

Rétif de La Bretonne Editorial El Olivo Azul. Córdoba, 2009. 215 páginas. 18 euros

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