Un perro desangrado a palos

XIX Festival Internacional de Teatro. Fecha: 13 de enero. Texto: William Shakespeare. Compañía: Ur Teatro. Versión y dirección: Helena Pimenta. Reparto: José Tomé, Pepa Pedroche, Óscar Sánchez Zafra, Javier Hernández-Simón, Tito Asorey, Belén de Santiago y Anabel Maurí. Aforo: Unas mil personas (lleno).

Vamos a escribir esto de manera directa. Al inocente espectador que acude a ver el montaje de Macbeth, siempre que ese montaje, como es el caso, sea respetuoso con el texto de Shakespeare, se le ofrece un palo de madera, largo, grueso, contundente. En el escenario aparece un perro que ha sufrido ya una soberana paliza y se desangra. Al espectador, entonces, se le invita a que se acerque y le aseste con su palo el golpe que acabará definitivamente con su vida. Es decir, se le pide que haga el mismo viaje que completa Macbeth. En gran medida, traspasar ese límite es una condición sine qua non para alcanzar a comprender la obra, si es que ésta puede ser comprendida. El nombre del perro es Europa. Y para aproximarse al verdugo (he aquí, de hecho, el gran problema ético que se deduce del teatro de Shakespeare) hay que ser el verdugo. Esa violencia, entonces imprescindible, puede ser soslayada, edulcorada, tomada de puntillas, como en no pocas representaciones que buscan ante todo la aprobación de los filólogos; o, por el contrario, puede ser explícita hasta la última gota, muy al gusto de creadores como Calixto Bieito, cuyo álgido Macbeth todavía resuena en las tablas del Cervantes. Y luego está lo que han hecho Helena Pimenta y Ur Teatro.

Se podría decir que tras montajes como La tempestad y Sueño de una noche de verano, Pimenta ha rematado con este Macbeth una de las miradas más reveladoras, profundas y magistrales formuladas desde el teatro español a la obra del bardo de las narices. Y sería cierto. Pero este trabajo es mucho más. Hay veces en que uno escribe una crítica sabiendo que no va a estar a la altura del espectáculo que se ha visto, y ésta es una de ellas. Si cabía lamentar, incluso, el hecho de que el aquelarre inicial de las brujas haya quedado reducido a un mero apunte, al final ese mismo apunte cobra un sentido abismal, y lo hace precisamente mediante una mera sombra fugaz y sin embargo repleta de intenciones. La versión que presenta Pimenta prescinde, claro, de varios fragmentos del texto original, pero si esta práctica se lleva a cabo tradicionalmente para aligerar la obra, en este caso lo que se persigue es todo lo contrario: incidir, machacar, introducir con más ahínco el punzón en la vena.

La orquestación del ritmo es proverbial. Incluso pasajes a priori asentados en un segundo plano como la conspiración en Inglaterra se hacen al límite de las posibilidades humanas y técnicas. La encarnación del viaje en José Tomé dentro de la piel de Macbeth es ácida e ilustrativa: consigue que el hombre se convierta en reptil y que al mismo tiempo el espejo que tiende siga siendo rabiosamente humano. Él logra que este Macbeth mire a los ojos. La interpretación de Pepa Pedroche es conmovedora hasta las lágrimas desde el primer minuto, cuando ya pide al cielo que le haga prescindir de su condición de mujer. En cuanto a las proyecciones audiovisuales, por las que desfilan ejércitos, bosques y hasta el Coro de Voces Graves de Madrid con Verdi en la boca, lo mejor que se puede decir es que con ellas Ur Teatro mantiene su sello de inmediatez, aroma y misterio. Qué quieren, éste es uno de esos montajes que no se olvidan y que recuerdan para qué y por qué existe el teatro. Qué suerte haberlo visto.

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