"A pesar de lo que se dice, la novela negra es un género muy libre"

  • El autor regresa en 'Sólo un muerto más' a un género abandonado en su juventud, con una historia ambientada en los años de laxitud moral y represión de la posguerra

Desde hace medio siglo, Ramiro Pinilla encaja su visión del mundo en los límites de un mismo lugar, el pueblo de Guecho, y generalmente en un mismo tiempo, mediados del siglo pasado. Esta determinación, tomada de Faulkner, le ha valido la reputación, molesta para el nacionalismo, de gran cronista de la Euskadi contemporánea, y también algunos de los premios más importantes de la literatura española, como el Nadal y el Nacional de la Crítica en 1960 por Las hormigas ciegas y el Nacional de Narrativa y de nuevo el de la Crítica en 2006 por la trilogía Verdes valles, colinas rojas, con la que el público ha redescubierto a este narrador nacido en Bilbao en 1923.

Para sorpresa de muchos seguidores, Sólo un muerto más (Tusquets), su último libro, es un homenaje -con frecuencia lúdico- a los grandes maestros de la novela negra americana, un ejercicio de estilo fiel a los elementos indispensables del género que invita al lector a imaginar qué hubieran hecho Sam Spade o Philip Marlowe para resolver un asesinato que la devastación de la Guerra Civil convirtió, efectivamente, en un mero caso más.

-¿Cómo se ha sentido escribiendo este tipo de novela?

-Sabía que me iba a sentir bien, porque cuanto tenía 20 años me sentía muy bien escribiéndolas. Se puede introducir la ironía y el humor. Y en contra de lo que se dice a menudo, este género no tiene leyes cerradas, siempre te estás moviendo dentro de unas líneas irreales en las que cabe todo. En la novela seria, o supuestamente seria, no te puedes reír, por ejemplo, del muerto. Ese desparpajo que tiene la novela negra es lo que me gusta.

-Habla de novela seria. ¿Por qué cree que, en cierto modo, se sigue considerando la novela negra como un género menor?

-Puede que sea considerado así por quien no lo lee. Quienes lo hacen saben que no es un género menor. Cada autor llega a él por un camino: yo lo hice porque me di cuenta de que es un género muy libre.

-¿Cómo era aquella novela que publicó con 20 años, El misterio de la pensión Florrie?

-De las diez o doce novelas policiacas que escribí a los 20 años, ésta es la única que se publicó. La primera que publiqué. Yo creí entonces que era decente, pero antes de escribir esta novela la volví a leer y no pude encontrar una sola línea interesante. Soy una persona de maduración lenta, no he sido precoz, vaya, y se nota. Pero estaba escrita con mucho amor, eso sí.

-El narrador de ésta duda mucho de su propia capacidad, y se pregunta continuamente si estará a la altura de Chandler o Hammet. Parece un guiño al novelista principiante que fue usted...

-Quién sabe. No lo he procesado tan conscientemente, al menos. Sí he metido esa lucha entre realidad e imaginación, o entre realidad y ficción. Me imagino que la novela sí refleja este conflicto.

-Era arriesgado introducir el universo de la novela negra, tan rotundo, tan reconocible, en parajes rurales de la posguerra española. ¿Le resultó difícil?

-Tenía grandes dudas. La mayor era si resultaría auténtica una novela que yo no llamo cien por cien negra en este marco, en un donde no pasa nada, donde la gente iba a veranear, con una economía de labranza y un paisaje de caseríos antiguos. El reto era también reflejar las muchas zonas negras que hay dentro de todos nosotros.

-El final de la novela deja abierta la puerta a una continuación...

-Que estoy escribiendo ya...

-Ambientada en Guecho, ¿no?

-No es una manía. Aunque a diferencia del de Faulkner, mi mundo sí está en el mapa. Me gustan los mundos cerrados, en los que las cosas no ocurren por sí mismas, sino que tienen antecedentes y consecuencias. En mi Guecho nada se mueve sin que repercuta en algo. La vida real está hecha de estos encadenamientos, que para mí son muy novelescos.

-Es inevitable que le pregunte por las próximas elecciones vascas...

-Somos muchos los que queremos un cambio ya. Y los nacionalistas son los que mejor están advirtiendo esta necesidad. Los socialistas no lo ven tan claro, quizás por esa inercia tan terrible del PNV. Habría que cambiar muchas cosas. El PNV ocupa todas las instituciones, marca toda, absolutamente toda la política en el País Vasco. La culpa de la pervivencia de ETA la tiene el PNV, aunque ahora parece que ha descubierto que ETA tiene que desaparecer. El caso es que ETA no desaparecerá hasta que el PNV lo quiera, lo que constituye la gran, paradójica, baza del PNV.

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