Las letras y las artes plásticas festejan el centenario de Mercè Rodoreda

  • Una exposición en La Pedrera y la reedición en Edhasa de sus principales novelas y cuentos iluminan los fastos por su nacimiento · La autora convirtió su fascinación por la lengua hablada en modelo literario

La autora más universal de la narrativa catalana contemporánea fue también una notable pintora, aunque este aspecto creativo de Mercè Rodoreda (1908-1983) resulte mucho menos conocido. Desde que el pasado 10 de octubre se cumplieran cien años de su nacimiento, las reediciones de sus libros, los seminarios y exposiciones se suceden en un vívido afán por iluminar su personalidad compleja y vanguardista. Y es que la autora de La plaza del Diamante -novela que para Gabriel García Márquez es la más hermosa de cuantas se han publicado en España tras la Guerra Civil- convirtió su obra "en un inmenso ejercicio de evocación de su vida en Barcelona", ciudad que abandonó en 1939 dejando atrás a su familia y a su hijo de diez años, explica Anna Caballé Masforroll, profesora de Literatura Española de la Universidad de Barcelona.

En su largo exilio, primero en Francia y luego en Suiza, cosió para ganarse la vida, escribió y pintó. La exposición Rodoreda en vivo acerca hasta el 1 de febrero en La Pedrera barcelonesa una treintena de sus pinturas y collages. "Son obras sobre papel, en su mayoría inéditas, que muestran que Rodoreda es un símbolo de las relaciones entre arte y pintura, como sucede con Henri Michaux. Ella empezó a pintar a finales de los años cuarenta, durante su exilio en París, y continuó haciéndolo hasta 1957, cuando ya residía en Ginebra [adonde se trasladó junto a su pareja Armand Obiols, contratado como traductor por la ONU]", contextualiza la escritora y comisaria de la muestra, Mercè Ibarz.

Esos dibujos comparten muchos rasgos de su literatura: la presencia femenina, la solidaridad con los desterrados... Y el tono dulce y triste con el que retrataría en 1962 a su protagonista más universal, Colometa, que en la adaptación televisiva llevó el rostro de Silvia Munt.

La editorial Edhasa se ha sumado a la celebración de este Año Rodoreda con la reedición en tapa dura de dos de sus mejores novelas, La plaza del Diamante y La calle de las camelias (reunidas en un solo volumen); así como de sus cuentos completos. Para Anna Caballé, "antes del exilio, Rodoreda ya había dado muestras de ser una excelente narradora porque su novela Aloma es de 1937. No sabemos hasta qué punto el vivir lejos de Cataluña transformó su literatura pero sí lo importante que fue su forma de hacerlo: huyendo de la prosa literaria al viejo estilo, que ella detestaba, y buscando un lenguaje lo más próximo posible a sus protagonistas". Así, continúa Caballé, "la narración de Natalia (o Colometa, el sobrenombre por el que se la conoce en la novela) está firmemente arraigada a su propia conciencia de muchacha sencilla, observadora y con una vida bastante desgraciada. De esa vida suya irá extrayendo sus reflexiones, sencillas pero emocionantes, y que no comparte con nadie, más que con el lector".

Sobre la tradición literaria de la que se nutre Rodoreda, reconoce que le ve una profunda correspondencia con Soledad, de Caterina Albert (que publicaba con el pseudónimo de Víctor Catalá). "Soledad se publicó en 1905 y también traza con un lenguaje ajustadísimo, aunque más poético, la historia de una mujer con sus pensamientos y su vida erizada de dificultades. Mujeres solas, inocentes, cohibidas en un mundo de hombres que apenas saben verlas... y que acaban por erguirse, cada una a su modo".

Rodoreda fue muy amiga del intelectual anarquista Andreu Nin y a través de sus traducciones del ruso al catalán conoció lo mejor de la novela rusa, sobre todo Ana Karenina. Pero no sólo. "Leía mucho: Constant, Proust, Stendhal, Thomas Hardy, Aldous Huxley, Kafka, Virginia Woolf, Katherine Mansfield (una escritora que le encantaba) y, sobre todo, Dorothy Parker y su mirada finamente corrosiva de las cosas", prosigue Caballé.

La edición de Edhasa recupera La calle de las camelias, una obra que contiene otra protagonista inolvidable, Cecilia, hoy eclipsada por la fama de Colometa. En esta novela de madurez, junto con La plaza del Diamante y Espejo roto, así como en sus cuentos y sus cartas, cree Caballé que es posible fijar su ideal expresivo: escribir con un lenguaje desembarazado de la presunción y la pedantería. "Colometa y Cecilia son mujeres que observan cosas sumamente penetrantes sobre sí mismas y la gente que las rodea y siempre nos parece verosímil lo que piensan. A Rodoreda le fascinaba la lengua hablada y ése es su modelo literario. Culto en la estructura pero buscando siempre la palabra y el tono adecuados a sus personajes".

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