"Con tanta ramplonería, lo más valiente hoy es declararse cristiano"

  • El autor malagueño presentó ayer en el Instituto Municipal del Libro su última obra, 'Visión de la piedad' (Libros del Aire), una aproximación a la trascendencia cómplice con Juan Ramón Jiménez y María Zambrano

La poesía de Juan Miguel González (Málaga, 1949) ha sido siempre de una independencia feroz hasta convertirse en un caso único dentro de la literatura española contemporánea. Ganador del Premio Giner de los Ríos en 1997 por Cantata para órgano y saxo, su obra discurre en plena evolución desde el hedonismo más nietzscheano hasta el fervor más arraigado en la tradición cristiana, en plena comunión con Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. González ha sido además proveedor de versos para algunas letras cantadas por Roberto González en Tabletom, en canciones como La parte chunga y Algo así como un tango. En su último libro, Visión de la piedad (Libros del Aire), su voz se hace singularmente depurada y religiosa. Ayer lo presentó en el Instituto Municipal del Libro con su prologuista, el escritor Ignacio Gómez de Liaño, como introductor.

-Los poemas más antiguos de Visión de la piedad datan de 1983, pero no terminó el libro hasta 2010. ¿Qué le exigió el libro para dedicarle 27 años?

-La voz de Visión de la piedad es de un tono muy reflexivo, a la manera de Leopardi, Keats, Cernuda y Unamuno. En 1983 yo escribía una poesía más barroca, más de cabriolas, pero ese mismo año escribí la Oda a la soledad, que está incluida en el libro y que me reveló, por primera vez, la posibilidad de abrazar ese tono. Luego, en las tres décadas posteriores, esa voz ha estado yendo y viniendo, manifestándose y desapareciendo. Así que he tenido que armarme de paciencia y aprovechar los momentos mientras trabajaba en otros proyectos.

-Esa situación refleja bastante bien el tema del libro, el de la voz de Dios y su silencio. ¿Tuvo que pelear con esa voz, como Jacob, para evitar que se fuera del todo?

-Sí, así es. Durante la escritura del libro yo también he evolucionado desde un entusiasmo platónico y hedonista hasta un fervor cristiano, así que no ha sido fácil.

-En un poema anterior, Los martes trece de nosotros mismos, que Tabletom convirtió en La parte chunga, defendía un panteísmo tan radical que llegaba a exclamar: "Dios es la copa, el chute y el canuto". Pero ¿se puede ser cristiano y panteísta al mismo tiempo?

-Chesterton, que era cristiano, defendía que el panteísmo no afirma que Dios es la naturaleza, sino que está en la naturaleza, como un ente personal. Aquel poema, de todas formas, es una composición irreverente y blasfema que escribí hace más de treinta años, en mi época nietzscheana. Eso sí, yo nunca fui un ateo radical. Incluso en ese poema, que fíjate si era blasfemo que su título original era Copla al monoteísta don Dios, para ser cantada con mucho vino tinto, había una asunción de la muerte de Dios, algo también muy nietzscheano.

-En Visión de la piedad incluye una cita de Kafka: "Conocemos la palabra y su uso, pero se nos ha perdido el sentimiento y la conciencia de ella. Quizás esto ya sea la condenación, el abandono de Dios..." ¿Qué sentido le queda entonces hoy a la palabra?

-Lo que se nombra hoy es lo trivial y lo banal. El sentido de la palabra es el de la posibilidad de elevar la realidad al canto, y eso, actualmente, se ha perdido. La palabra se ha convertido en una moneda de cambio, en un producto meramente mercantil. Hay algo siempre sospechoso en el poeta charlatán, y lo digo por mí mismo. Lo ideal es el silencio, o tal vez el modo en que María Zambrano definía a la poesía: "La palabra liberada de lenguaje".

-Si lo ideal es el silencio, ¿la escritura no es una traición?

-Sí. El oficio del escritor entraña una paradoja y una contradicción. Como dejó escrito Claudio Rodríguez, "Miserable el momento si no es canto". Por eso mi compromiso como poeta es el de elevar la palabra hacia el canto, liberarla de artificios. Cierto, lo más razonable sería optar por el silencio, pero también reivindico, como Baudelaire, el derecho a la contradicción.

-Su poesía es una verdadera rara avis en el paisaje literario contemporáneo. ¿No echa de menos algo de calor?

-Con tanta ramplonería cultural y un totalitarismo ideológico tan acusado, lo más valiente que se puede hacer hoy es declararse cristiano y escribir poesía trascendente. Eso es exactamente lo que yo hago. Hoy hay mucha poesía banal, pero también autores como Antonio Colinas y Eloy Sánchez Rosillo, en cuya poesía hay un elemento esencial de la naturaleza no exento de trascendencia.

-¿Qué significa hoy ser cristiano?

-Ser cristiano significa posicionarse contra el laicismo beato y radical que cunde en todas partes, contra el arte banal y subvencionado, contra el hedonismo bobo que se conforma con lo facilón y se desentiende del epicureísmo. Todo tiende a conformarse con lo más sencillo. No hay más que comprobar cómo la poesía de la experiencia ha llegado a durar treinta años. Eso sí, a base de subvenciones. ¡Treinta años! Ningún movimiento literario ha llegado a durar tanto.

-¿Usted busca o, como Picasso, encuentra?

-Pascal tuvo una vez un pensamiento que escribió en una nota que a su vez llevó cosida mucho tiempo en su jubón: "No me buscarías si no me hubieses encontrado antes". A lo largo de su vida uno viaja, va y viene, y al final se tiende a volver a la niñez. En eso Juan Ramón Jiménez tenía razón.

-Gran parte de su obra continúa inédita. ¿La veremos publicada?

-Tengo seis o siete libros inéditos, entre ellos el primero que escribí, Los nombres de la desesperanza, muy nietzscheano, muy pegado a la tierra. También tengo sin publicar El ozono y la ópera, del que salieron varias canciones de Tabletom, como El blues del ozono, y que juega a ser más imaginativo, más experimental. En éste además figura mi educación sentimental, desde los tebeos hasta Emilio El Moro, con el humor malagueño.

-¿Es el humor malagueño su mejor conexión con el surrealismo?

-Sí, claro. Es que el humor de Málaga es distinto del de Cádiz. Es más surrealista. Incluso en Visión de la piedad hay algunos versos surrealistas, por más que haya pretendido depurarlos.

-¿Es la música más apta para la trascendencia que la palabra? En Visión de la piedad hay hasta un recuerdo a Shostakovich.

-Sí, ya decía San Agustín que quien canta reza dos veces. El ritmo es el elemento poético que produce la emoción en el lector. Por eso en este libro lo he cuidado especialmente. Salvo algunos textos de prosa poética y algunos versos asonantes, todo está compuesto en endecasílabos y alejandrinos.

-¿Qué palabra se cosería usted a su jubón?

-¿Una sola?

-Sí.

-Hay tantas: Silencio, lluvia, aire, fervor... Pero ya Platón dijo que la gran pregunta que debe hacerse el hombre es sobre la muerte. También Cioran lo dijo. Y eso que él era un místico sin gracia.

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