Cuando la realidad rosa supera a la ficción

He leído en una de esas críticas que sólo se pueden leer en nuestro país -por lo menos en el ámbito europeo: a lo mejor sí en un periódico local de un pueblo de Texas- que esta correcta y muy bien vestida biografía de la joven reina Victoria de Inglaterra, especialmente de su romance con el príncipe Alberto, se apunta al filón del tratamiento rosa de las monarquías (supongo que por referencia al boom Lady Di, a la boda de los Príncipes de Asturias o al reciente duelo Bruni-Letizia). Olvidaba el fulano que una de las más viejas tradiciones de la novela romántica y del cine es, precisamente, la tintura rosa de amores y desamores reales. Así desde Locura de amor o ¿Dónde vas Alfonso XII? a la serie de la emperatriz Sissí o la igualmente pastelona Mayerling recién editada en DVD, pasando por la excelente Elizabeth y Essex o La reina virgen.

Nada nuevo, pues, hay en que se filme con un punto de idealización y un tono más rosa que histórico el auténtico romance entre la reina más importante del siglo XIX -reina y emperatriz del mayor imperio del mundo y abuela de Europa por su política de casamientos con otras casas reales-, que además reúne en su vida suficientes episodios novelescos como para nutrir un género: su proclamación como heredera cuando sólo contaba once años, su idilio adolescente con Alberto, del que se enamoró locamente; su largísimo reinado iniciado con 18 años y que dio nombre a la época intelectual, científica, artística, literaria, política, militar, social y económicamente más importante de su país; su pronta y desconsolada viudedad, que la llevó a recluirse en Balmoral hasta el punto de poner en peligro la propia institución monárquica; su íntima amistad o idilio con el criado escocés John Brown durante su retiro (muy bien llevado al cine por John Madden con una espléndida Judi Dench como Victoria). Victoria I de Inglaterra, que antes de ser la adusta y gruesa dama vestida de negro fue una joven muy agraciada de la que Dickens se enamoró cuando la vio recorrer las calles de Londres el día de su coronación, da pues para mucho.

El director-autor canadiense Jean-Marc Vallée, reciente su éxito de C.R.A.Z.Y., no le saca el partido que se merece. Renunciando a toda interpretación personal y a un retrato más íntimo de esta gran figura histórica se limita a contar con corrección (lo que, todo hay que decirlo, no es poco a la vista del cutrerío audiovisual que está cayendo) la infancia, adolescencia y primeros años del reinado de Victoria; y sobre todo su romance con el príncipe Alberto. Los tonos rosáceos con que los cuenta pueden ser reprochables cinematográficamente, pero no históricamente: la realidad -desde su flechazo inicial a sus disposiciones funerarias (un retrato de Alberto en una mano, un mechón del pelo de John Brown en la otra), pasando por su felicísimo matrimonio y su desolada viudedad- superó con mucho cualquier idealización rosa. A lo peor en lo discreto de los resultados influya la imposible pareja productora: Sarah Ferguson y Martin Scorsese. ¡Quién se lo iba a decir a Travis Bickle! Emily Blunt crea una convincente Victoria, Miranda Richardson una aún mejor Duquesa de Kent y Rupert Friend un dulzón Alberto. ¿Lo mejor? La recreación de la época a través del diseño de producción de Patrice Vermette, la dirección artística de Paul Inglis y el vestuario de Sandy Powell, gran diseñadora nominada siete veces al Oscar, obteniéndolo por The Aviator y Shakespeare in love. Un lujo para los ojos.

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