"Este libro recicla el dolor por la muerte en motor vitalista"

  • El autor argentino afincado en Granada acaba de publicar 'Mística abajo' (El Acantilado, 2008), un poemario que revisa la tradición mística, al tiempo que la actualiza y sacraliza lo efímero

Los impulsos poéticos que Andrés Neuman ha experimentado en los últimos siete años han navegado de un mar a otro hasta atracar en Mística abajo. Desde este muelle, el escritor argentino afincado en Granada celebra lo efímero y propone un diálogo entre lo terrenal y la tradición mística. Reflexiona, además, sobre la utilidad de la poesía y asocia ciencia y emoción en versos vitalistas y lúcidos.

-De su obra se desprende la idea de que lo más sagrado es el instante en fuga. ¿No hay ni un pequeño atisbo o anhelo de eternidad?

-No, hay una tensión con respecto a esa idea. Un combate contra el anhelo de duración, que ni siquiera 'eternidad' por lo grande que es esa palabra. Hay un intento de sacralizar lo que no está destinado a perdurar precisamente por eso. Digamos que es el mecanismo opuesto al pensamiento religioso, que trata de relativizar lo terrenal o de defenderlo únicamente en su condición de metáfora, de punta del iceberg de lo que está sumergido, que es lo eterno, el otro lado...

-El libro comienza con una cita de Christian Bobin: "Lo que aspira a ser eterno no resulta de ningún consuelo y lo único que ayuda es lo pasajero".

-Creo que la felicidad tiene que ver con dejar de rebelarse contra lo efímero; la lenta aceptación de nuestra condición. Tiene que ver con no vivirlo como una debilidad o como la falta de la eternidad que no tenemos, sino como una celebración de lo único que tenemos.

-De ahí se explica el título del libro...

-Me interesaba recoger cierta tradición de la poesía mística, que en el caso español es muy importante, y actualizarla. No ya lingüísticamente, sino hacer una especie de reenfoque ideológico, intentando recoger esa misma emoción de la poesía mística, que es hermosa, celebratoria y de gratitud permanente. Pero que esas gracias sean horizontales y no verticales. Que no se dirijan a otro lado, sino al milagro del aquí y el ahora como única realidad posible.

-¿Por qué arranca con 'Oda a la salud'?

-Es un acto de ingenuidad, un agradecimiento a la buena salud que me permite, mientras dure, leer hasta tarde o tener energía para pasear o hacer el amor. Estoy éticamente en contra de la poesía maldita que habla de la autodestrucción como un arte. Es como si la salud, curiosamente, no fuera poética. ¡Parece que es más poética la tuberculosis que los pulmones bien abiertos! A mí me emociona más darle las gracias a la salud que a Dios o a instancias que se me escapan, como la naturaleza. Lo que sí sé es que conviene tener el colesterol bajo y que ese colesterol alimenta nuestro espíritu. Esa mística es la que me interesa.

-¿Cómo concibe la muerte?

-Como una amiga difícil. Paul Celan escribió "no morirás en muerte color malva" y creo que tenía razón, porque la muerte es incolora. Le da sentido a la vida y yo siento este libro como un ejercicio para convertir la limitación de la muerte en una celebración y un estado de gratitud de no haber llegado todavía a ella. Mística abajo recicla ese miedo en una especie de motor vitalista. Pero es un proceso difícil, todos estamos aterrados de morir.

-Sin embargo, el libro es vitalista, de un tono alegre.

-Es muy poco quejumbroso. No hay esas admoniciones barrocas de "goza cuello, cabello, labio y frente/antes que lo que fue en tu edad dorada...". Ofrece más bien una visión renacentista de la muerte: Ya que estamos aquí, bailemos. Digamos que es una mística sin religión.

-¿Cómo entiende el paso del tiempo?

-No es sólo que la obra de cualquier escritor refleje el paso del tiempo, del suyo individual y del colectivo social... Es que también la escritura te hace darte cuenta del paso del tiempo. Creo que un texto es un reloj, por eso la primera parte del libro se llama Horas. En ese sentido, los poemas cumplen la función de los programas de informática. A mí me fascina la conciencia de lo poco que dura todo en la informática y mi update es escribir los poemas. Ahí me doy cuenta de que me estoy quedando antiguo, de mí mismo.

-En la primera parte de la obra reflexiona sobre la huella que deja ese tiempo...

-Incluso sobre su huella física, como si el cuerpo fuera un reloj. Hay un poema, Pubis ahora, en el que al pubis le van saliendo canas, como si fuera un almanaque o un árbol. Son versos que van encontrando relojes metafóricos en todas partes, hasta en el mar, donde las olas son como las personas que van viendo morir al que va delante sin saber que detrás de esa ola hay otra que ve morir a la anterior. Es la idea de que alguien mira morir a alguien que mira...

-Esta parte culmina con un homenaje a Kitsch.

-Es uno de mis poetas favoritos, el más moderno de los románticos ingleses. Fue muy consciente de su muerte desde el principio y escribió los poemas más conmovedores sobre la fugacidad y la mortalidad. El último poema parte de una anécdota casi cómica: un personaje en su casa museo de Londres, en el árbol donde escribió la Oda a un ruiseñor. Allí, lo primero que te aclaran es que ese ciruelo ya no es el mismo, sino otro que han plantado después.

-Y ese poema da entrada a la segunda parte, en la que reflexiona sobre la poesía. ¿Cómo la entiende?

-No hay nada que me ponga más nervioso y más furioso que el elogio envenenado de que la poesía es inútil y por eso es hermosa. Nada inútil puede ser hermoso y lo hermoso, además, no es inútil. La poesía puede ser minoritaria en términos numéricos pero, ¿es que la física, la astronomía o la biología molecular no lo son? Se reconocen capitales para la humanidad (y lo son), mientras que se habla de poesía como de un lujo inútil.

-Ensalza, además, el lado poético de la ciencia.

-Tengo un humilde interés poético en la ciencia. Desde que se dividió el átomo, la física se ha acercado a la filosofía y a la poesía. En el libro abordo la emoción estética de la ciencia. Me gustan mucho los poetas alemanes que estudiaron la ciencia siendo muy conscientes de la necesidad de relacionar poesía y ciencia, que es exactamente lo contrario de lo que hace el sistema educativo hoy día. Nos creemos la película de que hay que ser de ciencias o de letras.

-En la última parte de 'Mística abajo' ofrece un explícito homenaje a la tradición mística.

-Se llama Moradas. La morada es una metáfora tradicional del alma en la poesía mística. Hay una cita de Teresa Sánchez de Cepeda (Santa Teresa, citada como mujer), que dice "entender que va mucho de estar a estar". Es el estar milagroso, ese estar trascendente de pura intrascendencia, porque no es un ser sino sólo un estar. Los poemas de la cuarta parte dialogan con la poesía amorosa y mística de autores como San Juan, Santa Teresa, etc. Pero intentando en todo momento prescindir de la divinidad y poner en su lugar nuestro propio cuerpo y emoción terrenal.

-La portada tiene que ver con esta idea...

-Es una ilustración maravillosa de Leonard Beard en la que figura una casita, símbolo de la morada, con las luces encendidas. Pero la casa está sumergida, está más abajo que la tierra...

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