Especial 'El joven Murillo'

El regreso del pintor de los desamparados

  • En las dos décadas iniciales de su carrera artística Murillo aplicó su talento no sólo a la iconografía religiosa; también cultivó una pintura social muy apreciada en el extranjero que al fin llega a Andalucía

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Bartolomé Esteban Murillo vivió y trabajó la mayor parte de su vida en Sevilla pero fue el único artista del Siglo de Oro español cuya fama traspasó en vida las fronteras peninsulares. Sus retratos y escenas de género, la parte más pequeña de una producción dominada por la temática religiosa, suscitó muy pronto la atención de los coleccionistas y marchantes extranjeros, hasta el punto de que, según ha investigado Ignacio Cano, poco después de la muerte del artista en 1682 todas las pinturas de este tipo habían salido de España. Muchas de ellas regresan a Sevilla por primera vez gracias a la exposición El joven Murillo, que hoy abre sus puertas en el Museo de Bellas Artes. Esta muestra es la conclusión del trabajo científico realizado a lo largo de varios años por algunos de los mayores expertos en la obra del artista, caso de Enrique Valdivieso, Ignacio Cano, Odile Delenda y, por supuesto, sus comisarios Alfonso Pérez Sánchez y Benito Navarrete. El resultado ofrece una aproximación más completa al pintor, la cual pretende convertirse en referencia en el futuro de los estudios murillescos y de uno de los períodos cruciales del arte barroco europeo.

El joven Murillo aborda los años primeros de su actividad artística, los comprendidos entre 1637-38 y 1655-56, es decir, desde sus primeros 20 años de edad hasta que cumple los 38. Se trata de una etapa muy poco estudiada pero durante la cual firma varias obras maestras y logra consolidarse como artista en una ciudad cosmopolita que fue espejo del mundo pero que ya había iniciado su decadencia. La exposición, que pudo visitarse antes en el Bellas Artes de Bilbao, incluye 42 obras procedentes de museos y colecciones internacionales, 16 de las cuales nunca se habían mostrado antes en España.

Los artífices de este proyecto han puesto en claro muchas ideas sobre la etapa inicial de Murillo. Han profundizado en las influencias que recibió el joven que, a finales de la década de 1630, se incorpora a la escena artística local tras completar su formación en el obrador del pintor Juan del Castillo, maestro cuya huella se percibe en La Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo (1638-40, considerada su obra más antigua). En estos primeros años, Murillo desarrolla un estilo tenebrista y naturalista con influencias de autores como José de Ribera y Zurbarán. La impronta del pintor de Fuente de Cantos es evidente en el primer encargo importante que recibe de una orden religiosa: el ciclo de 13 lienzos de gran formato destinados al Claustro Chico del convento de San Francisco, un conjunto hoy disperso por culpa del expolio napoleónico.

Su repertorio inicial también está marcado por las estampas flamencas de Bloemaert y por Juan de Roelas, “el introductor de la amabilidad y la dulzura en la iconografía sevillana”, según Enrique Valdivieso. Los dibujos anatómicos de Alonso Cano y las esculturas de Martínez Montañés configuran igualmente la personalidad gráfica del joven Murillo.

Esta muestra atiende de un modo especial al contexto social, ideológico y literario en el que se fraguaron sus creaciones más originales, como las figuras de mendigos y niños desamparados. Podremos ver el célebre Joven mendigo o El Piojoso, del Museo del Louvre, y Dos muchachos comiendo melón y uvas (Alte Pinakothek, Múnich), sus dos primeras pinturas de género. Estas obras, subestimadas por la clientela sevillana de su tiempo, sólo se han mostrado en Madrid una vez, por lo que su estancia temporal en el Bellas Artes constituye otro de los atractivos de esta cita. La incidencia de la pintura holandesa de género es especialmente evidente en esa escena desenfadada en la que los dos niños se entregan sin pudor a su tarea de comer unas tajadas de melón.

La muestra incluye también sus pinturas de devoción de la década de los 50, de ejecución muy distinta a las de estilo vaporoso de su madurez, permitiéndonos comparar distintas versiones de un mismo tema. Encontramos así sus series dedicadas a Santa Catalina de Alejandría, a la Sagrada Familia y a figuras masculinas como San Francisco, San Antonio de Padua y San Lesmes. El retrato de este último se conserva en Bilbao junto con otro lienzo de su etapa juvenil, San Pedro en Lágrimas, obra inédita y desconocida hasta el año 2000. El deseo del Museo de Bellas Artes vizcaíno de contextualizar ambas obras fue el punto de partida de esta muestra, afán al que se sumó en seguida su homólogo sevillano.

El recorrido despide al visitante enfrentando dos versiones de San Jerónimo: el óleo sobre lienzo del Bellas Artes de Sevilla (1665) es una obra de madurez que se justifica aquí por su relación con la del Museo del Prado, una obra temprana (1650-52) en la que el penitente aparece de rodillas y está pintado con un estilo directo y prieto deudor de José de Ribera.

La exposición, por muchos motivos, tiene un carácter histórico y nos invita a pensar en lo que hemos sido y en lo que podríamos volver a ser. Supone viajar a aquella escuela sevillana de pintura que alcanzó, en el Siglo de Oro, una relevancia equiparable a la Venecia que había alumbrado a Tintoretto, Tiziano, Veronés y Giorgione. En la pintura del joven Murillo vibran las lecciones de Zurbarán, Velázquez y Alonso Cano, todos ellos responsables en el siglo XVII de la época de mayor auge de la pintura española.

También nos invita a reflexionar sobre el papel que corresponde internacionalmente al Museo de Bellas Artes de Sevilla el cual, pese a sus consabidas restricciones espaciales y presupuestarias, logra colocarse hasta finales de mayo, merced a estas obras y a su propio equipo humano, en esa elite de las mejores pinacotecas junto a la National Gallery de Londres, la Gemäldegalerie de Berlín, el Louvre y el Prado.

El joven Murillo. Hasta el 30 de mayo en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

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