La reserva de las multitudes

  • Jorge Carrión culmina la trilogía emprendida con 'Los muertos' y 'Los huérfanos' mediante una aproximación al viaje como ejercicio diseccionador de la contemporaneidad frente al individuo

Jorge Carrión. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 220 páginas. 19'50 euros.

Afirma Jorge Carrión (Tarragona, 1976) que la primera inspiración de Los turistas procede del relato de Edgar Allan Poe El hombre de la multitud, "la primera obra literaria en la que el protagonista no es un individuo, sino la masa". El narrador de aquel cuento observaba desde detrás de un cristal a las personas que pasaban al otro lado, cada día, durante las mismas horas, en una repetición del ir y venir de las distintas tribus. Y ya creía conocer a fondo a todas aquellas personalidades, hasta considerarse capaz de desentrañar sus sentimientos, cuando pasó ante él alguien distinto, una excepción anómala, un sujeto que no parecía encajar en ninguna de sus coordenadas ya ampliamente asentadas. Aquel hombre de la multitud se convirtió en obsesión del protagonista, una obsesión que, desde Melville a Conrad, ha definido, en gran medida, la historia de la literatura. Vincent, el protagonista de Los turistas, la nueva novela de Jorge Carrión, es también un observador de las gentes. Pero su contexto es muy distinto: el aeropuerto londinense de Heathrow, a donde se dirige cada día, durante diez años, a practicar el mismo deporte. Por uno de esos raros privilegios, Vincent, un hombre maduro con ciertos achaques innombrables, dispone de un pase con el que puede acceder a la zona de embarque, aunque nunca toma un avión. Hasta que, el último día del año 1999, en pleno ajetreo del efecto 2000, es una mujer la que se clava en su mirada. Una mujer sin edad, repleta de enigmas. Tantos, que, esta vez sí, Vincent decide subir a un avión, sólo para seguirla, sin saber que aquel vuelo será el primero de muchos por todo el mundo.

Con tan cortazariana premisa, Carrión, crítico, profesor y autor de ensayos como el canónico Teleshakespeare (análisis pormenorizado de las nuevas series de televisión como objetos narrativos de mayor éxito en el siglo XXI, publicado por Errata Naturae en 2011) y un libro de viajes tan singular y hermoso como Librerías (finalista del Premio Anagrama, 2013) cierra la trilogía novelística emprendida con Los muertos (2010) y Los huérfanos (2014). La trilogía no comparte una unidad argumental, sino intencional en la fijación de un modelo narrativo propio que viene a superar las directrices del realismo, acaso ya incapaces de abordar el mundo contemporáneo; al mismo tiempo, sin embargo, hay en las novelas un cervantino regusto por la digresión que tiene raíces muy claras más allá de los monumentales mamotretos del siglo XIX. Los turistas es, tal y como reconoce el mismo Carrión, la novela más favorable al lector de la trilogía. Si Los muertos y Los huérfanos presentaban argumentos duros, poco complacientes y sin atajos, el título que aquí nos ocupa, aun con la misma exigencia, indaga en los mismos límites con algo más de contención en el impacto. Frente al horror de Los huérfanos, ambientada en un búnker en Pekín en 2040, después de la Tercera Guerra Mundial (la trilogía, por cierto, sirve en bandeja un viaje en el tiempo: Los muertos atisba el presente, Los huérfanos el futuro y Los turistas un pasado cercano y remoto a la vez, en virtud del cambio de paradigma impuesto por el desarrollo de internet), los personajes de Los turistas se revelan más humanos, serenos y, en todo caso, capaces de pactar con su destino. El eterno viaje al que parece condenarse Vincent, trasunto final de El Holandés Errante, no puede considerarse condena; tampoco bendición; en todo caso, una representación del sinsabor que la posmodernidad ha obrado aun en los paladares más resistentes. Vincent, que no había viajado en diez años, agradece viajar de Cuba a Sudáfrica y de aquí a Sudán como aliciente para su maltrecha existencia, aunque a veces el hastío pueda más que su indiferencia y termine preguntándose aquello de qué hago yo aquí. Este trasiego, que no presenta causa ni efecto, funciona sin reservas como representación ideal de la contemporaneidad. La ciencia-ficción comparece a veces, de manera un tanto transversal, con menos evidencias que en Los huérfanos aunque, precisamente por su discreción y afinación, con resultados más felices. Pero donde Los turistas se hace grande es en su nómina de secundarios, en la que figuran Ridley Scott, Harrison Ford y alguien llamado George Bush. Entre el humor y el espejismo, el viaje se alza como materialización de lo posible. Y funciona.

Al final, lo mejor es tomar la lectura de Los turistas en función del oficio de Carrión como cronista, del que ha dado buenos ejemplos en otros libros como La piel de La Boca (2008), testimonio de su (larga) etapa bonaerense. La reflexión de Carrión resulta, en este sentido, oportuna: si para el cronista del siglo XX la ciudad constituía el campo esencial de trabajo, ahora la ciudad ha crecido hasta abarcar todo el planeta. No obstante, quizá lo mejor de la novela sea su sección intermedia, un capítulo en verso titulado Teoría general de la Huella en la que el verdadero vehículo es el lenguaje: desde las visitas de la monja Egeria a los Santos Lugares en el siglo IV hasta nuestros días, Carrión revisa las formas del idioma castellano en consecuencia hasta plasmar una evolución asombrosa. Al final, el auténtico viajero es el lector. Y si esta novela tiene una cualidad notable, es su rara habilidad para ser lo que cada uno quiera que sea. Una historia siempre personal.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios