El rinoceronte no ha venido

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A veces, ante determinadas propuestas artísticas contemporáneas, el arriba firmante tiene la sensación de formar parte de un experimento de Stanley Milgram, como si de un momento a otro alguien apareciera y le invitara a propinarle una buena colleja a otro alguien (o a sí mismo) por cuenta de la casa. Y ganas, que conste, no le han faltado en más de una ocasión. Resulta curioso el empeño de no pocos creadores en incomodar al público, en extraer de su voluntad respuestas iracundas o angustiosas, en ponerle de los nervios o denunciarlo directamente. En el terreno de la performance, tan a medio camino del teatro, el arte y ninguna parte, esta orientación goza del favor de muchos y, mira por dónde este artículo ha empezado por Milgram, los postulados conductistas de Pavlov (según el cual el espectador no tendría nada que hacer) y Skinner (en el que cabe, al menos, el derecho a defenderse) sostienen gran parte de los contenidos estéticos de estas propuestas. Poner a la gente a salivar, castigarla, estimular su sentido de culpa o presentarle un capote con sus manías inconfesables son recursos ampliamente perpetrados por el aparato escénico menos amigo de lo narrativo, y su uso ha dejado episodios interesantes, otros menos y otros dignos de la hoguera.

El Laughing hole de La Ribot es un invento muy dirigido en este sentido: tres señoritas disfrazadas con avíos de la limpieza no cesan de reírse durante cinco horas, en las que van pegando en las paredes cartones con lemas escritos del calado de "Cuarentón suave", "Esto es Guantánamo" o "Agujero de madre". Un cuarto en discordia maneja un equipo de sonido y mezcla las risas proferidas para que el murmullo no cese un instante. Allí dentro, en la sala de talleres del CAC, resultaba sencillo sentirse como la paloma de Skinner y preguntarse qué palanquita había que accionar para que el escándalo cesara. Para la respuesta de Milgram, la tortura, imagino que habría que quedarse allí hasta el final.

Lo más interesante del experimento es, por cierto, atender a las reacciones de los mirones. Nada más entrar en el habitáculo, el respetable es invitado a que ocupe el espacio libremente. Al principio el personal se muestra cohibido, luego risueño. Más tarde, quienes van solos se ponen a hablar con el de al lado. Y luego, cuando todo está dicho, buenas tardes, lo mejor es irse. El agujero es una metáfora de cierta curiosidad sociológica, antropológica y psicológica, pero a mi juicio un poco tramposa: no es el sonido de la risa sin venir a cuento lo que molesta, como se pretende, sino la dilatación en el tiempo de la misma. La respuesta no es violencia, sino hastío. Es obvio. Lo que invita a abandonar al barco es la sensación del plomizo transcurrir de los minutos. Y al tedio no se le puede llamar agresión. La Ribot somete al mirón a la necesidad de resistir al paso del tiempo, pero el instinto humano tiene soluciones inmediatas para ello. Como decía Val del Omar: "Nada se puede ordenar con el tiempo: lo permanente es el cambio". En fin, que si uno se aburre, pues cambia de tercio. Y no hace falta aguantar cinco horas. Si hubiera habido rinocerontes...

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