El robo de arte, poética de ladrones y su mercado

  • Desde que lo artístico se convirtió en un bien altamente cotizable fue susceptible de ser robado · Un negocio que hoy día mueve unos 3.500 millones de euros

En pocas semanas seis obras firmadas por Picasso, Monet, Degas, Van Gogh y Cézanne fueron sustraídas del centro cultural Seedamm y la Fundación Emil Bührle, ambos en Zúrich. Los lienzos podrían alcanzar un valor de 115 millones de euros en el mercado y, a día de hoy, poco se sabe de los ladrones. En el primer caso los asaltantes se camuflaron entre los visitantes y activaron la alarma en su huida para crear confusión, y en el segundo llegaron armados y enmascarados, un hecho poco habitual en el caso de este tipo de robos.

Menos de dos meses antes de estos sucesos del pasado febrero, el 20 de diciembre de 2007, fueron robados dos lienzos del Museo de Arte de Sao Paulo: un cuadro de Pablo Picasso y otro del pintor brasileño Cándido Portinari.

El primero, un retrato de Suzanne Bloch del pintor malagueño, no especialmente bello, y el segundo el llamado Labrador de Café del maestro carioca. Los ladrones aprovecharon la madrugada, sobre las 05.00 horas, para acceder al edificio y en muy pocos minutos escapar con las dos obras. Sin duda, profesionales que sabían lo que querían y dónde encontrarlo. Ambos cuadros sumaban un valor de unos 50 millones de euros.

En los primeros días del año 2008 la policía brasileña anunciaba la recuperación de las obras y la detención de los tres asaltantes.

Son una constante en la actualidad este tipo de sucesos y grande es su repercusión internacional, pero el robo de arte es una historia casi tan antigua como el propio arte.

En el año 212 antes de Cristo el ejército romano capturaba y saqueaba la ciudad de Siracusa cuando descubrió la maravillosa escultura helénica. En ese momento la destrucción simbólica de las obras dejó paso al muy rentable negocio del expolio y la posterior comercialización como mercancía de gran valor.

En el peculiar arte de robar muchos coinciden en señalar históricamente a un salteador de caminos llamado Vanni Fucci, que vivió en la Italia del siglo XIII como un mítico exponente. Condenado al infierno en algunos párrafos de La Divina Comedia de Dante, el delincuente toscano quedará para la historia como el autor del robo de varios cálices de plata y el llamado relicario de San Jacobo en la sacristía de la iglesia de San Zeno. Moriría ajusticiado pero no por este delito en concreto.

A finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX surgieron un gran número de museos y galerías. En su nacimiento no contaban con medidas de seguridad como en la actualidad y florecieron los habilidosos ladrones de guante blanco que aportaron la poética fílmica al robo de arte. El más famoso, Adam Worth, fue apodado el Napoleón del Crimen por su habilidad y pequeña estatura.

En el siglo XX se han sucedido gran número de robos. Algunos han quedado para la historia, como el de la Mona Lisa o El Grito, pero han sido los saqueos de pequeños museos e iglesias los que realmente llevan el peso de un mercado que mueve millones de euros y que se encuentra controlado por unos pocos que han dado a la belleza del arte el valor material del mercader.

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