fLAMENCO

Tiene rostro de pantera

  • Francisco Hidalgo publica en la editorial Carena una biografía sobre Carmen Amaya, la bailaora más sobrecogedora de todos los tiempos y figura esencial en el flamenco

Ha sido, y sigue siendo, una de las personalidades más influyentes de la historia de lo jondo, con imitadoras en los cinco continentes. Sin embargo, el suyo es un arte difícilmente exportable. Lo que en Carmen Amaya fue tensión, nervio, intensidad y verdad, en sus imitadoras suele ser pose, repetición cansina y falso etnicismo. Fuente de cientos de leyendas, Francisco Hidalgo trata de poner orden en las noticias respecto a su vida que nos han llegado. Y pone en cuestión no pocas leyendas. Hace un repaso a sus inicios, siendo una niña, en los locales flamencos de la noche barcelonesa, su triunfo siendo apenas una adolescente, su debut en el cine, de la mano por cierto de Luis Buñuel, de lo que se vanagloria el de Aragón en sus memorias, y sus triunfos americanos a raíz de su exilio.

Desmiente Hidalgo que la bailaora dejara la tierra española a bordo del coche oficial de la primera ministra de la historia de España, Federica Montseny, historia que nos legó el maestro Valderrama. Nos habla de su vida en Argentina, capítulo al que dedicó todo un volumen hace un par de años, de sus peripecias neoyorquinas, con estreno del baile del taranto y todo, en el Carnegie Hall, en 1942, y sus aventuras en el cine de Hollywood. Carmen regresa a España, paulatinamente, a finales de los años 40, instalándose poco a poco en Bagur, en la provincia de Barcelona, donde muere en 1963, justo antes del estreno de Los tarantos de Rovira-Beleta, su testamento artístico. Tenía la bailaora 50 años, lo que parece reforzar la teoría de que la ausencia de una infancia al uso, precipita la vida, y la muerte.

La vida, la muerte y la obra, o quizá cabría decir mejor la vida y milagros, de Carmen Amaya aparecen enmarcados en esta biografía en sus distintos contextos: el contexto de la historia europea y española de la época. Pero también de los movimientos sociales catalanes de principios de siglo, especialmente convulsos. La primera conclusión que sacamos es que nuestros abuelos pasaron su juventud de susto en susto.

También el contexto de la danza y de la música flamenca en general y, más en concreto, en el contexto catalán y barcelonés, del que Hidalgo nos ofrece un brillante fresco dominado por las personalidades distintas de dos guitarristas fundamentales como Miguel Borrull y Juanito el Dorado. Lo más jugoso del libro son las entrevistas de Carmen Amaya, puestas en su orden histórico, aunque no esta consignada la procedencia de las mismas. En estas entrevistas la bailaora derrocha buen humor, jugándose y riéndose de los tópicos, con afirmaciones tan provocadoras como aquella en donde afirma que "en Inglaterra es donde más entienden de cante flamenco" (p. 222).

También resultan jugosas las impresiones de los periodistas de la época, como Sebastián Gash que, siendo tan certero en las descripciones que hace del baile de Carmen Amaya, resulta un agorero más en lo que se refiere a evaluaciones más generales de nuestro arte con afirmaciones tan cuestionables, y tópicas, como aquello de que "el cante grande se ha muerto", en plenos años 20.

Carmen Amaya fue una de las bailaoras más importantes de la historia del flamenco, aunque Hidalgo nos ofrece un fresco completo de su vida que incluye la grabación de varios discos, en los cuarenta, como cantaora de voz ronca y entregada, una carrera como actriz con la que recorrerá varios continentes y filmografías: Cuba, México, Argentina, Hollywood... y, por supuesto, España.

También se detiene en su manera, en absoluto excluyente, de reivindicar su género y su raza. Nos ofrece un retrato de una mujer dedicada en cuerpo y alma a su arte y a su familia, que renunció a la maternidad, y en cierta medida al amor: Hidalgo pasa de puntillas sobre su relación con Sabicas y se detiene algo más con la que tuvo con otro guitarrista, Juan Antonio Agüero, catorce años más joven que la cantaora, relación que acabaría en boda. La obra concluye con unos perfiles poéticos de Carmen a cargo de destacadas plumas.

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