Algo tenía que salir mal

Drama, Argentina, 2010, 113 min. Dirección: Pablo Trapero. Guión: P. Trapero, A. Fadel, M. Mauregui, S. Mitre. Fotografía: Julián Apezteiga. Intérpretes: Ricardo Darín, Martina Gusman, Darío Valenzuela, Carlos Weber, José Luis Arias, Loren Acuña, Gabriel Almirón, José Manuel Espeche. Cine: Rosaleda

Carancho, sexto largometraje de Pablo Trapero (El bonaerense, Nacido y criado), supone una suerte de reconciliación, hace diez años imposible, entre uno de los mejores directores del Nuevo Cine Argentino, y el actor que, en cierta forma, ha encarnado en las últimas dos décadas la imagen de marca y el tono de ese otro cine argentino, verborreico, discursivo, popular y académico, que ha triunfado en la taquilla. Un encuentro que en ningún caso traiciona ese camino andado que ha abierto el cine argentino a nuevas formas definitivamente modernas a través de autores como el propio Trapero, Israel Adrián Caetano, Lucrecia Martel, Martín Reijtman o Lisandro Alonso.

Trapero confirma así un camino de posible reconciliación que ya se apuntaba en Leonera, su anterior película, un camino hacia la narración capaz de integrar ciertas claves genéricas (allí el cine carcelario, aquí el negro criminal con su tipología) para seguir indagando en las cloacas de la sociedad argentina contemporánea con una voluntad realista no exenta de una alta exigencia estética.

Carancho responde al nombre que reciben en Argentina los abogados de medio pelo que revolotean por las salas de urgencias de los hospitales buscando clientes fáciles con los que negociar las indemnizaciones por los accidentes de tráfico. Las cifras con las que se abre la película apuntan a un serio problema nacional que, además, acarrea toda una cadena de corrupciones, sobornos y extorsiones que dibujan el lado menos amable de la Argentina de los Kirchner.

A partir de estos datos, Carancho se articula como una historia criminal con trasfondo romántico o, más bien, como una historia de amor en un contexto criminal, perfecta alianza que ha dado siempre muy buenos resultados en la literatura y el cine negro. Buenos Aires aparece como una ciudad fría y nocturna, desdibujada en sus rasgos más reconocibles para protagonizar un marco idóneo para todo tipo de transacciones, accidentes falseados, palizas violentas y viajes de ambulancia en los que puede palparse el pulso del día a día sin afeites ni maquillajes propios de la ficción.

Como en todas sus películas, Trapero se cuida de que cada detalle transpire autenticidad y verdad, lo que lleva a sus actores, especialmente a Martina Gusman, a trabajar no tanto en un registro dramático estándar como en la fisicidad para recrear las acciones propias del oficio de su personaje, una enfermera retraída y drogadicta que acaba enganchándose también al abogado desencantado que interpreta un soberbio Ricardo Darín.

Carancho se despliega así en dos direcciones, la que apunta a una trama de engaños, extorsiones y sobornos con el turbulento mundo de los seguros de por medio, y la que une en el amor incondicional y a cara descubierta a dos personajes a los que la vida parece estar dando una última oportunidad.

Como en todo filme romántico criminal que se precie, la fatalidad está escrita en su ADN desde el primer momento. Trapero sabe sortear siempre lo previsible para situarse en una posición que apenas difiere de la de sus protagonistas. Es tal vez por eso por lo que el tercio final de su película nos resulta tan excitante en su materia narrativa, repleta de giros e impulsos, como en las soluciones de puesta en escena a las que las somete, auténticos tour de force para una cámara, siempre cercana a los cuerpos, a la que le gusta trabajar en plano-secuencia para hacernos palpar ese tiempo de la esperanza que se le agota irremediablemente a los amantes en su huida desesperada.

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