El santo del sableDiario de un testigo

Miyamoto Musashi (1582-1645) es uno de esos héroes legendarios de Japón que perviven en el imaginario cultural de ese país, aún hoy en día, reconvertido en personaje manga o en protagonista de películas. Sobre su vida jalonada de combates a muerte se ha escrito mucho, aunque muy poco probado. Como en tantas ocasiones, el mito ha trascendido y superado al personaje histórico, su huella sobre la arena fría del tiempo ha recobrado calidez gracias a mil y una peripecias inventadas que abundan en el carácter casi mágico de las hazañas de este peculiar samurái, maestro de esgrima, artista calígrafo y pintor.

Y no es para menos. Entre sus proezas, según confesión propia, se cuenta el haberse jugado la vida en 60 combates a espada de los que no perdió ninguno. El primero de ellos lo sostuvo con tan sólo 13 años, el último al filo de los 30. Luego le dio por reflexionar sobre el arte y la técnica que lo habían llevado a conseguir el éxito en tan magna empresa. Creó una escuela que todavía perdura: Hyoho Niten Ichi Ryu (La escuela de los dos cielos). Y escribió un libro que se convirtió en su legado sobre la Vía del Código Marcial: El libro de los cinco anillos, que Satori acaba de publicar en una cuidada edición y en traducción directa por primera vez al español, a cargo de Makiko Sese y Carlos Rubio. Este último se encarga también del acertado epílogo. A modo de prólogo, se incluyen además unas breves pero emotivas palabras de Kajiya Takanori Takaharu, decimosegundo soke o heredero de la escuela que inauguró Musashi. Se completa la edición con la brevísima obra Dokkodo, La vía de la soledad.

A Miyamoto Musashi, conocido como Kensei ("El santo del sable"), le tocó vivir una época fronteriza en la que, en palabras de Rubio, "se pasa de un largo siglo de desintegración política y de conflictos entre señores de la guerra a la nueva era de paz a la sombra de los sables". En esta época de conflictos, a nuestro autor le tocó pelear en el bando de los perdedores. Por eso, cuando se consiguió la paz bajo el gobierno férreo del clan Tokugawa, pasó a engrosar el nutrido grupo de samuráis sin dueño que recorrían los caminos del viejo Japón como adalides de la justicia, por más que algunos la entendieran a su peculiar modo. De esta clase de guerreros peregrinos, perros vagabundos (expresión a la que alude el término ronin con el que se les denominaba), ha dado buena cuenta la literatura de la época, pero también los libros actuales y el cine.

El libro de los cinco anillos está pensado por su autor como una obra eminentemente práctica estructurada en cinco partes (La tierra, El agua, El fuego, El viento y El vacío) en las que Musashi da muestra de sus conocimientos con un lenguaje sencillo, ilustrado con comparaciones que inciden en su carácter eminentemente didáctico. Musashi escribe para ser entendido y ofrecer con generosidad sus enseñanzas. Al contrario de lo que hacían otras escuelas, renuncia al hermetismo. Para él los secretos para conseguir el éxito en la vía del sable eran la práctica incesante, el no apartarse nunca, ni en cuerpo ni en mente, de la observancia del código marcial y la capacidad de adaptarse ante las exigencias de cada lucha.

En este último aspecto era un verdadero genio: dicen que ganó más de un combate sin tocar al adversario, tan sólo con su increíble destreza para hacerle perder la calma y aprovecharse de la ocasión para desarmarlo. Contra los pendencieros, los bravucones y los temerarios, imponía el sosiego, la destreza, la inteligencia y, por qué no, una pizca de insolencia: alguna vez llegó tarde a un duelo, y medio dormido.

Pese a estar dotada de los valores éticos confucianos imperantes en su época, que tenían la piedad filial y la lealtad sin fisuras al señor como bases inamovibles, Musashi elude dar a su obra un carácter ideológico o espiritual. Sus enseñanzas se basan en la sencillez y son aplicables y comparables al cultivo de otras artes. Incluso en el último y breve capítulo del libro, El vacío, que escribió ya al borde de la muerte, el autor elude el tono trascendente. Es por eso por lo que Rubio asegura que El libro de los cinco anillos es "el libro de la no-filosofía, como es el del no-sable, o del sable sin sable o de la postura sin postura: es el libro del no y del sin, un libro rebosante de indicaciones prácticas armonizadas sabiamente por el vacío, por la no-existencia, por la nada".

Desde la gruta Reigando, cerca de la ciudad de Kumamoto, donde el autor se retiró dos años antes de su muerte a escribir El libro de los cinco anillos, Musashi aún le habla al lector actual, le aconseja desde la humildad sobre cómo enfrentarse a las grandes y pequeñas batallas que le asaltan en el camino de la vida y le invita "a percibir lo que no se ve" y a no hacer "lo que no sirve para nada".

EL LIBRO DE LOS CINCO ANILLOS

Miyamoto Musashi. Trad. Makiko Sese y Carlos Rubio. Satori Ediciones. Gijón, 2015. 176 páginas. 19 euros

Como es sabido, la neutralidad de España en la Gran Guerra no impidió que esta tuviera amplio eco en la opinión pública, dividida en función de la simpatía que despertaba uno u otro de los bandos contendientes. En una reciente monografía, 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española (Cátedra), Andreu Navarra Ordoño recordaba que la demanda de información se tradujo en una verdadera edad de oro para los periódicos de la península, que multiplicaron sus tiradas y dieron notoriedad a los corresponsales, entre los que había autores ya consagrados -Camba, Azorín, Blasco Ibáñez, Gómez Carrillo, entre muchos otros- o jóvenes que en poco tiempo se convertirían en prestigiosos cronistas. Entre estos últimos figuraban los dos enviados especiales de La Vanguardia, que se permitió el lujo de cubrir la "Guerra Europea" desde la órbita de los dos principales países en liza, enfangados en el infierno del frente occidental: Agustí Calvet, que estrenó entonces su nombre de pluma, Gaziel, y Enrique Domínguez Rodiño. Estrictos coetáneos -habían nacido en 1887 y tenían por lo tanto 27 años en 1914-, ambos llegaron al periodismo por azar, a requerimiento del director del diario de Godó, Miquel del Sants Oliver, que planteó desde el principio una cobertura complementaria. Si a Gaziel el estallido de la contienda le sorprendió en París, adonde se había trasladado gracias a una beca de ampliación de estudios, Domínguez Rodiño, que residía en Bremen, llevaba dos años en Alemania donde trabajaba como asesor comercial. El bloqueo a los puertos lo dejó sin ocupación y en lugar de volverse a España decidió contar lo que veía.

Recientemente, al hilo del centenario, se han recuperado algunos de los libros de crónicas de Gaziel -Diario de un estudiante en París (1915, reeditado por Diëresis) o De París a Monastir (1917, disponible en Asteroide)-, y era de justicia que no quedaran en el olvido los no menos valiosos e igualmente celebrados de su compañero de cabecera. Publicada por Renacimiento con prólogo de Eva Díaz Pérez, que ya se había acercado a la figura de Domínguez Rodiño en una semblanza aparecida en la revista Andalucía en la Historia, la selección recogida en Las primeras llamas reproduce la que dio a conocer el jerezano en el volumen homónimo de 1916, con el subtítulo de Diario de un testigo-cronista de la guerra. No abarca por ello ni todas las que escribió en el primer año ni las que envió después de junio de 1915, pero las más de cuarenta que contiene -desde agosto de 1914- bastan para hacerse una idea del estilo -ágil, ameno, digresivo, a veces irónico- de un corresponsal que trasciende con mucho el mero acopio de datos sobre el terreno. Como señala Eva Díaz, los cronistas españoles de la Gran Guerra fueron precursores en el uso de técnicas narrativas o el manejo desinhibido de la primera persona -es significativo que tanto Gaziel como Domínguez Rodiño, como ya hiciera Alarcón en sus artículos sobre la guerra de África, usaran la palabra diario- y, por otra parte, al margen de la afinidad hacia la causa de los aliados o de los Imperios Centrales, la relativa distancia de los hechos les permitió observar el desastre sin demasiadas anteojeras.

Respecto de otros cronistas, la singularidad de Domínguez Rodiño radica en que atendió, desde una perspectiva moderadamente germanófila -nacida de la admiración confesa hacia la nación alemana, aunque ajena al militarismo del que esta hacía gala-, las razones del bando menos popular entre los escritores e intelectuales, simpatizantes en su mayoría de los aliados y en particular de Francia. Estos eran por lo general -lo explica Navarra Ordoño en el libro citado- mucho más beligerantes en su discurso contra la barbarie prusiana, en tanto que quienes abogaban por Alemania lo hacían sobre todo para defender -desde una posición de proclamada imparcialidad, como el propio Domínguez Rodiño- el buen nombre de un país supuestamente difamado. La propia Alemania, descrita en términos comprensivos y desde dentro de las fronteras del Imperio, en Bremen o Berlín, pero también Italia, Bélgica, Francia, Suiza o Polonia, donde relata los menos conocidos sucesos del frente oriental, son los escenarios de unas crónicas ricas en detalles y reflexiones que se extienden a la retaguardia, a los efectos directos o indirectos de la carnicería. La primera guerra moderna pedía, como dice la prologuista, una escritura moderna, pero tampoco la mirada -estragada de horror- podía ser la misma que antaño, cuando las batallas se adecuaban, al menos en teoría, al código caballeresco. De las trincheras surgió, en palabras de Del Sants Oliver, "un nuevo tipo de cronista, el cronista espiritual de la guerra, que no actúa tanto sobre sus episodios concretos, sobre la descripción minuciosa de los combates, como sobre la repercusión social del estupendo conflicto, es decir, sobre el fondo humano en que se desenvuelve". Ese fondo es lo que otorga a estos textos en principio efímeros un carácter perdurable.

LAS PRIMERAS LLAMAS

Enrique Domínguez Rodiño. Prólogo de Eva Díaz Pérez. Renacimiento / Centro de Estudios Andaluces. Sevilla, 2016. 536 páginas. 22 euros

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