El secreto es mirar con las manos

  • El Museo Picasso completa la muestra de Giacometti con seis reproducciones aptas para ser tocadas, pensadas para invidentes

Quien haya visitado la exposición de Alberto Giacometti en el Museo Picasso Málaga (quien no lo haya hecho aún tiene hasta febrero para saldar la cuenta) habrá comprobado que las habituales medidas de seguridad se acentúan notablemente en las dos salas que acogen las piezas. Nada más acceder a cualquiera de ellas, alguien del personal al cargo de la muestra se acerca para recordar al recién llegado que las distancias desde las que se permite ver las obras son en este caso excepcionalmente mayores. Si se entra con un niño, se advierte de que el menor debe ir de la mano y permanentemente vigilado. En el caso de las esculturas monumentales como El hombre que camina, puede contarse prácticamente un vigilante por cada ejemplar. El valor de las creaciones y la amplia cantidad de las mismas en un espacio reducido obliga a afinar la prevención de incidentes desagradables, de modo que el visitante debe mirar desde una postura más cuidadosa y lejana. Se trata, en el fondo, de una tónica general en la historia del arte, que ha consagrado sus mayores tesoros al sentido de la vista. Únicamente el panorama contemporáneo ha roto esta tendencia con propuestas expuestas para ser tocadas, incluso para ser consumidas. Pero nadie en su sano juicio extendería la mano para tocar El hombre que camina. Por más que ganas no falten. Sin embargo, precisamente por el altísimo valor estético que encierran las esculturas de Giacometti, el Museo Picasso presenta seis reproducciones fabricadas en resina de otras tantas obras que pueden ser tocadas a gusto. Una propuesta que, especialmente en el caso de personas invidentes, está arrojando resultados y experiencias muy reveladoras.

La posibilidad de palpar estas réplicas se brinda a los participantes de las visitas guiadas que organiza la pinacoteca por su exposición temporal a modo de colofón. En realidad, las seis figuras fueron pensadas para personas invidentes, y de hecho la ONCE fomenta la visita de sus socios al museo para formar parte de la experiencia, una iniciativa que ha constituido uno de los mayores éxitos del centro en lo que a integración y atención a la diversidad se refiere. No obstante, todas las personas que participan en los programas, videntes o no, están invitadas a tocar. En la visita celebrada ayer por la tarde, una mujer con invidencia parcial acariciaba uno de los bustos en los que Giacometti rinde homenaje de manera más evidente al clasicismo mientras decía a la guía que ejercía de anfitriona: "Ahora entiendo lo que nos explicabas antes en la sala". Su compañera, más escéptica, hacía lo propio con otro busto mientras replicaba: "Pues yo sigo pensando lo mismo. Parece que le han dado un martillazo en la cabeza". Una chica con acento extranjero dedicó sus caricias a a la réplica de una de las largas y sinuosas figuras humanoides de Giacometti, y su comentario habría hecho las delicias del artista suizo: "Parece que estoy tocando la higuera que hay en el patio de ahí fuera". Quién sabe. Posiblemente el secreto de Giacometti, su rabiosa humanidad hecha de presencias vagas y humeantes, resida en el tacto, no en la vista. Por algo es el sentido humano mejor acabado. Y el más fiel.

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