arte

La sencillez de la felicidad

  • Federico Guzmán prolonga su personal manifiesto artístico en su nueva muestra en JM, con la fe en la creación como motor de cambio y la Naturaleza como principales ejes

Hay artistas que al crear parecen elaborar un manifiesto vital y evidenciar un posicionamiento ético y político acerca de cuestiones gruesas -trascendentales diría yo- relativas a lo social y a lo medioambiental. Esta postura es consecuencia de una fe en la capacidad transformadora del arte o, cuanto menos, en la facultad reservada a la creación como herramienta de libertad. Ése sería el caso de Federico Guzmán, aunque, a diferencia de otros autores que se inscriben en esta línea de actuación, no adquiere un tono apocalíptico ni mesiánico, sino todo lo contrario, y, si acaso, una muy puntual ironía.

En cambio, el optimismo, el humor y la felicidad, o al menos el intento de conseguir ésta, dominan su obra. Esta tentativa parte de la creencia en la comunión con el entorno medioambiental y con un uso sostenible de los recursos naturales, en especial de la agricultura, la cual genera, a su vez, una cultura y un modus vivendi; también en la comunión, comprensión y respeto con la tradición y el legado cultural que nos ampara -usando una imagen habitual en él, una suerte de raíces que nos (inter)conectan y nos nutren-, como conjunto de saberes y manifestaciones heredados producto de nuestro ser y estar a lo largo del tiempo en un mismo espacio; pero, además, entendiendo la similitud entre todos los hombres y las diferencias entre ellos por motivos como la determinación geográfica que provoca respuestas y soluciones distintas quizás a los mismos problemas. He aquí no sólo un alegato a favor de la diferencia sino una consecuente oposición a la imposición de un pensamiento o unas pautas de conductas únicas y homologadoras, una, por así decir, negación de una globalización que pueda borrar nuestra conexión con el entorno y la tradición.

Junto a lo anterior, hemos de sumar un factor ya mencionado: la fe en el arte, o, más exactamente, en la creación artística. Esto es, no sólo por su valor educacional, tal como manifestara en sus Cartas sobre la educación estética del hombre (1795) el romántico Schiller, quien en su Carta II señalaba que "el arte es hijo de la libertad y recibe sus leyes de la necesidad de los espíritus, no de las imposiciones de la materia", sino en la confianza respecto a que la práctica ayuda a una reconciliación y mejora, a la consecución de un estado de plenitud y felicidad. En relación a esto son ilustrativos algunos de los felices dibujos de los campamentos saharauis o la escultura El corro de Wilaya(un corro de niños jugando) realizados durante y para ARTIfariti, los Encuentros de Arte del Sahara Occidental en los que participa sistemáticamente, toda una oportunidad.

La exposición recibe el nombre de la pieza central de la misma, La fuente de la vida, un enorme y espectacular botijo alicatado sobre una taza, igualmente cerámica, y en el que una de sus bocas hace de surtidor. En esta obra se condensan algunos de los principales intereses de Guzmán: la presencia de la Naturaleza, ya sea sugerida o evocada, como resulta en este caso a través del agua -origen y fuente de la vida- que continuamente cae y cuyo rumor se apodera del espacio gracias a que el propio botijo actúa como caja de resonancia. La evocación de la Naturaleza a través del rumor del agua nos traslada irremediablemente a nuestros ancestros, a la cultura hispanomusulmana o andalusí -piense en los palacios nazaríes de la Alhambra o en el Generalife-, para la cual el agua y su sonido eran fundamentales, ya que era una alusión al Paraíso-jardín coránico, un Edén surcado por ríos. En suma, una Naturaleza idealizada y una metáfora de plenitud. La fuente se relaciona con La cicatriz, unos dibujos de evidente influencia islámica y del Próximo Oriente que ocupan las paredes más cercanas y lo envuelven ambientalmente. La arabesca hilera de árboles que aparece en estas piezas, unidos por sus ramas y raíces, como una especie de bosque, viene a ser, además de un símbolo del Paraíso coránico, una metáfora de la Humanidad en la que todos estamos conectados.

En Paraísos naturales (plantas realizadas con materiales sintéticos como el látex o la gomaespuma) y La fuente de la vida, Guzmán emplea un recurso habitual en él, el de replicar y sobredimensionar la escala de algunos objetos, tal como hiciera el artista pop Claes Oldenburg o, más recientemente, Sylvie Fleury. Mientras que Oldenburg agrandaba bienes de consumo para que, como él mismo afirmaba, "la gente se acostumbrase a reconocer el poder de las cosas", o en tanto que Fleury convierte en ídolos artículos de lujo para evidenciar la deificación de la belleza y la promesa de felicidad y distinción que parecen ostentar esos objetos, Guzmán toma elementos de la cultura popular entendiendo ésta no sólo como lo asumido o el bien democratizado (esta noción es pop), sino lo popular entendido como tradición, como icono vernáculo, como símbolo que atesora un sentido identitario y que puede aludir a un contexto determinado y a unas raíces culturales concretas. Ése es el caso del botijo convertido en fuente que acumula o densifica registros de significación (lo andaluz, la azulejería, la herencia). Pero hay más rasgos de una posible genealogía pop, como la apropiación de Los Simpsons, de los que toma el tomaco traspasándolo a monotipos en los que ofrece una imagen de los agresivos y tóxicos métodos de fumigación de las plantaciones. Aunque injerto del tomate y del tabaco, en el tomaco podría subyacer una crítica a la agricultura biogenética, una prueba más de cómo el hombre, como animal antropóforo, ha creado un orden propio dentro del orden natural que le es dado como al resto de terrícolas, imponiendo sus leyes -la artificialidad- por encima de las naturales y primigenias. Asimismo, el pop warholiano está presente en las latas de tomaco que dispone en la sala, cruce entre las latas Campbell y las cajas Brillo del artista americano.

Guzmán deja en el título de una pintura otro manifiesto: Interdependencia. Muchas de sus pinturas y dibujos nos remiten a esa profunda comunión entre lo natural y lo humano. Así, la tierra se humaniza (palpita como un corazón) y el hombre se convierte en árbol, una variación del hombre vitrubiano que difundiera Leonardo. Sus dibujos en los que se produce esa síntesis, como la de pulmones que asemejan ser raíces, son deliciosos, mientras que las grandes pinturas son un canto a la Naturaleza con un colorido vibrante.

En Guzmán no hay atisbo de derrota a pesar de que sus obras no pueden dejar de ocultar cuán distinta y conflictiva es nuestra relación con el medioambiente y lo sostenible y cómo lo vernacular cada vez más pende de un hilo y se precipita al olvido. Quizá la felicidad no exista completa, pero puede estar cerca y ser sencilla de conseguir. Tal vez empiece por el respeto al entorno y la tradición.

Federico Guzmán Galería JM C/ Duquesa de Parcent, 12. Málaga. Hasta el 14 de enero.

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