El señor de los diluvios o el Noé oscuro

Drama, EEUU, 2014, 138 min. Dirección: Darren Aronofsky. Guión: John Logan, Darren Aronofsky. Fotografía: Matthew Libatique. Música: Clint Mansell. Intérpretes: Russell Crowe, Emma Watson, Logan Lerman, Jennifer Connelly, Anthony Hopkins, Ray Winstone. Cines: Málaga Nostrum, Vialia, Rosaleda, Plaza Mayor, La Verónica, Alfil, Miramar, Gran Marbella, Plaza del Mar, Rincón, Ronda, El Ingenio.

Cuando Pi me pareció un churro aburrido y pretencioso llegué a pensar que me había equivocado en mi apreciación, dado el entusiasmo de todos los colegas. El siguiente éxito crítico de Réquiem por un sueño, otro pestiño pretencioso, siguió haciéndome dudar. Ya saben: si todos los coches van en sentido contrario al nuestro somos nosotros, y no ellos, los que nos hemos equivocado de sentido. La tercera La fuente de la vida demostró que, al menos por una vez, eran los demás los que se habían equivocado de carril: le llovieron las justas malas críticas. Mejoró un poco con El luchador y después tuvo el éxito/fracaso Cisne negro. Éxito porque triunfó y gustó. Fracaso porque las bases de ese éxito eran muy frágiles: cine convencional -hasta ultraconvencional- apenas maquillado. Además de mala, engañosa.

Que este director, que se llama Darren Aronofsky, se vaya por los caminos de la Biblia para contar la historia de Noé huele a la moda peplum-mitológico-musculosa iniciada por Gladiator y prolongada por 300, La Pasión, Centurión o La última legión. Una moda que va a sumar puntos cuando se estrene el Éxodo del mismísimo Ridley Scott.

Que la Biblia inspire superproducciones en las que los milagros son un pretexto para efectos especiales, la historia lo sea para escenas de masas y la época lo sea para lucimiento de muslámenes y pectorales es algo tan antiguo como el cine. Todo se resumiría en el nombre del gran Cecil B. De Mille, maestro absoluto de kitsch bíblico. Nada de qué sorprenderse, por lo tanto. Lo que Aronofsky le añade es una dimensión filosófica, esotérica, ecologista, pacifista, hippy, vegetariana, místico new age o lo que sea que suma a lo anterior un cierto aire superficialmente pedante. Y lo peor es que está a años luz del genio de De Mille.

El estilo nervioso de videoclip o videojuego (si esta película tiene éxito podría el punto de partida del videojuego sado-bíblico) propio de este realizador no la ayuda a alcanzar la grandeza que parece perseguir. Las escenas más impactantes y espectaculares parecen sacadas de El Señor de los anillos. Las más intensas o dramáticas incurren en el exceso interpretativo y la grandilocuencia. Los discursos supuestamente filosófico-teológicos antes aludidos son grotescamente banales. Despojada de su contexto la historia de Noé es la de un ayatolá majareta. La servidumbre para con la moda oscura, fangosa y deteriorada avisa de la insinceridad de un producto cuya única justificación sería la extravagancia y el capricho personal (me resisto a llamarlo inspiración). El lujoso reparto está desperdiciado (¿es también casualidad que Noé sea Russell Gladiator Crowe?). Gustará a los seguidores del cine histórico de gimnasio y a los fans de vídeos en los que le encasquetan las músicas de Gladiator, El reino de los cielos o El caballero oscuro a imágenes de Semana Santa.

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