El silencio de Dios

Esteban, niño de doce años, había predicado a las puertas de Saint Denis las necesidad de su Cruzada, pronosticando que se abriría el mar a su paso, como en el relato bíblico; Nicolás, ante el sepulcro de los Reyes Magos de Colonia, había vaticinado similares lances y prodigios. Fueron más de 30.000 los infantes que se unieron, en Francia y Renania, a esta doble marcha que pretendía la conversión incruenta de Palestina. Los alemanes, ante la impasibilidad de las aguas, hubieron de volverse a sus casas, desde Génova y Brindisi, pereciendo en gran número por la extenuación y el sofoco. Los franceses, partiendo de Vendôme, embarcaron en Marsella hacia un destino aciago. El acierto de Schwob no es éste de atenerse rigurosamente a los hechos, como así ocurre; sino el de prestarle su voz, una voz sumida en el temor y el asombro, en la seguridad del milagro, a los personajes de aquel vasto drama. El relato del Papa Inocencio, junto con los del goliardo y el leproso, son quizá los mejores de este cruce de monólogos. Las ilustraciones de Deragnès y la traducción de Luis Alberto de Cuenca (reciente Premio Nacional de Traducción por su Cantar de Valtario) son el feliz corolario a esta extraña y fascinante obra.

Marcel Schwob. Traducción de Luis Alberto de Cuenca. Reino de Cordelia. Madrid, 2012. 62 páginas. 12,95 euros.

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