Una sinfonía de acrobacias

  • La familia que cada noche actúa en la carpa del Circo del Sol vive en su pequeño país, junto al Palacio de Ferias, en una cotidianidad que a ojos extraños parece milagrosa: hasta lo más rutinario invoca el asombro

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A las cuatro de la tarde, el calor de Málaga se parece bastante al de Chott El-Jerid, en Túnez, ya en el Sahara. El territorio que ocupa el Circo del Sol junto al Palacio de Ferias y Congresos hasta el 13 de julio parece un páramo vallado donde no se mueve el elemento. Dentro de las carpas, gracias a los ventiladores (los payasos, cantantes y acróbatas son poco amigos del aire acondicionado, por aquello de constiparse), la realidad es otra. Buena parte del medio centenar largo de artistas que componen el elenco, así como del equipo técnico, descansa en sus hoteles, pero algunos ya se encuentran allí preparando la función de la noche. Ayer, una visita de puertas abiertas permitió adentrarse en esta cotidianidad colmada de asombro. Buena parte de los equilibristas son rusos, así que la perspectiva de lo que su selección pudiera hacer frente a España en el partido, pocas horas después, flotaba en todas partes. Alguien invitó a los periodistas a ver el encuentro por televisión en la cocina. Sin acritud, eh.

La cocina, precisamente, es lo más parecido a un restaurante global, un buffet étnico de sensaciones. Los gustos personales de cada miembro de la gran familia, así como sus necesidades dietéticas, están garantizados. La variedad de carnes, verduras, pescados, guisos y postres asegura que nadie va a repetir plato en un buen número de días. Todos los productos se compran en Málaga, pero las manos que cocinan son expertas y no se amilanan a la hora de satisfacer estómagos canadienses o chinos. A la hora de nuestra llegada ya nadie come allí, pero nos ofrecen un refresco. Luego, en la escuela, estudia un pequeño grupo de alumnos de entre 8 y 15 años rusos, estadounidenses y canadienses (los chinos asisten a clase con un profesor especial en otros horarios). La mayoría de ellos son hijos de los artistas, como el pequeño gran Vladimir, aunque alguno hace sus pinitos y deja con la boca abierta al respetable. La enseñanza es individualizada: no se siguen cursos académicos y el currículum es alto flexible, pero el maestro consigue respetar los programas de formación de los distintos países. Mientras posan para la foto, una chica atiende a un texto sobre el nacionalismo de Québec, precisamente la región francófona canadiense en la que nació el Cirque du Soleil en 1984.

El área artística, ubicada dentro de la carpa roja, es el lugar en el que los protagonistas de Quidam se preparan antes de cada función. Se trata de un espacio de uso muy libre, donde quien quiera puede permanecer el tiempo que lo desee practicando ejercicios, revisando actuaciones grabadas en vídeo, probando maquillajes o dejándose en manos de uno de los fisioterapeutas o del masajista, en busca de consuelo físico. El jefe de escenario, Roland Richard, explica que esta zona "tiene un sentido individual, aquí cada uno viene y hace lo que quiere sin que se le moleste; se trata de que todo el mundo esté a gusto antes de empezar el show". En la trastienda, el vestuario, enorme, parece el de una gran producción de Hollywood. Sólo en Quidam se emplean 250 tipos de botones.

Ya bajo el Grand Chapiteau, Richard sigue de cerca los ensayos de una pareja de equilibristas que poco después harán enmudecer algunos miles de bocas, a pesar del fútbol. Todo transcurre en silencio, se habla bajito, pero la sensación de que la maquinaria no para es evidente. Antes de formar parte del Circo del Sol, Richard trabajó en producciones de ópera. "Esto es muy parecido", confiesa. "Todo se sustenta en la música. Cada movimiento, cada entrada en escena, cada efecto de luz responde a un compás concreto". Como una sinfonía viva.

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