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Dos sinfonías, dos orquestas

Orquesta Filarmónica de Málaga. Teatro Cervantes. 4 de febrero. Director: Marco Guidarini. Programa: Sinfonía nº38 en Re mayor, Kv.504 Praga de Mozart; Sinfonía alpina, Op. 64, R. de Strauss. Aforo: Casi lleno.

Algunos programas de conciertos son verdaderas construcciones cargadas de sentido, generadoras de un discurso que trasciende lo sensorial, haciendo de la experiencia artística una experiencia estética reflexiva. Otros en cambio no responden a otro principio que el disfrute del público; y, como en todo, se justifican por sí solos según sea la calidad de la materia prima. A este segundo tipo pertenece el programa con el que la OFM retomó el viernes la temporada de conciertos en el Cervantes, bajo la dirección de Guidarini.

El programa incluía dos obras aparentemente tan ajenas como la Sinfonía nº38 en re menor, Praga, de Mozart, y la Sinfonía Alpina de Strauss. Sin embargo, cada una a su manera, ambas obras representan la consecución de la madurez compositiva de sus autores.

Mozart había escrito con anterioridad decenas de sinfonías (de hecho, la numeración tradicional, que establece en 41 el número de las compuestas por Mozart, adolece de numerosas omisiones), por lo general, como preludios de conciertos o piezas teatrales, pero no es hasta sus últimas composiciones sinfónicas -entre las que está Praga- que el músico salzburgués aborda esta forma con una seriedad y profundidad inigualables en su tiempo. Hasta el punto en que se ha llegado a afirmar de ellas que son una síntesis de la pretensiones de toda la música orquestal del siglo XVIII. Por otra parte, es conocido que en el ensayo general previo al estreno de su Sinfonía Alpina, Strauss dijo que, por fin, había aprendido a orquestar.

De la lejanía entre ambas obras resultó que se vieran dos registros orquestales muy distintos en sendas partes del concierto. La primera formación, mozartiana, ágil y ligera de efectivos, tendió siempre a un elegante equilibrio, aunque amenazó con derivar en mero buen gusto en el segundo movimiento. En cambio, la partitura de Strauss exigió una orquesta muy acrecentada en sus dimensiones, con un sonido mucho más denso y orgánico, pero, al mismo tiempo sutil, capaz de reflejar la belleza y la grandiosidad de la naturaleza.

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