La superación según la Logse

  • La primera de las siete funciones del musical 'Fama' en el Teatro Cervantes llenó ayer el coso de nostálgicos de la serie, aunque aquí la camiseta no hay que sudarla tanto

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Convendrán con el crítico en que el mejor montaje teatral dedicado a la fama en estos tiempos sería aquél en que se viera a gente languideciendo en camillas untándose crema o acusándose de maltrato a voz en grito delante de un grupo de periodistas vestidos de Ágata. La fama ya no tiene nada que ver con el arte, ni con el teatro, ni con la música (entiéndase: ni Bisbal ni Bustamante son música) ni con la danza. Los mejores actores, instrumentistas, compositores, actores, escritores y directores escénicos de hoy son unos completos desconocidos para el gran público. La fama, como decía Samuel Johnson acerca del patriotismo, se ha convertido en el último refugio de los canallas y de paso se ha llevado por delante algunas industrias tan notorias como la discográfica. Por eso, recuperar Fama mediante el nuevo musical supone incurrir en cierto anacronismo no exento de ternura. Los nostálgicos de la serie o la película que ayer llenaron el Teatro Cervantes tuvieron que admitir que sí, que los 80 fueron otros tiempos y que hoy matarse a estudiar ballet puede despertar toda la satisfacción que se quiera, pero confiere poca o nula popularidad. De cualquier forma, si la cosa es pasar un rato, pues se va y se pasa. Al igual que ocurría con taquillazos predecesores como Cabaret y We will rock you, quien acuda con ganas de algo más que entretenerse se aburrirá soberanamente.

Los fans del filme de Alan Parker y de la adorada teleserie también se llevarán, posiblemente, algún chasco. No sólo porque los nombres de los personajes no se respetan (mediada la función aún preguntaba alguno por Leroy Johnson, cuando aquí se llama Taylor Jackson), sino porque la idea fundamental del argumento se ve considerablemente reducida. Si hasta ahora Fama era la historia de un sueño perseguido y de un grupo de jóvenes que lo entregan todo para conseguirlo, en el musical la carne puesta en el asador no es tanta. En la pantalla los aspirantes sudaban, se sometían a desgastes implacables, no dormían y sufrían los castigos y torturas de profesores de nula orientación a la misericordia. Aquí los mínimos se han rebajado considerablemente: basta con que no sean unos energúmenos, que sepan quiénes fueron Bertolt Brecht y Sebastian Bach y, eso sí, se muestren resueltos en dinámicas de grupo.

Ocurre, claro, que esta generación de Fama ya es otra, la del último informe PISA, la que no lee ni para atrás, la que viene de la Logse, los aprobados al raso y las promociones automáticas, con lo que el sentido de la superación es bastante menos ambicioso. Qué le vamos a hacer, lo de los quince minutos de fama de Warhol ha resultado ser verídico: cualquiera puede. No hacen falta academias. Pero al menos el espectáculo distrae y se canta la sintonía original. Ah, melancolía.

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