Cuando el teatro es el que estorba

XXIX Festival Internacional de Teatro. Teatro Cervantes. Fecha: 3 de febrero. Dirección: Mariano de Paco Serrano. Texto: Fernando de Rojas. Versión: Eduardo Galán. Música: Tomás Marco. Reparto: Gemma Cuervo, Alejandro Aréstegui, Olalla Escribano, Juan Carlot, Santiago Nogués, Rosa Merás, Irene Aguilar, Jorde Soler y Natalia Erice. Aforo: Unas mil personas (lleno).

Al escribir sobre un montaje de La Celestina es necesario comenzar reconociendo que trasladar la obra de Fernando de Rojas a la escena es una tarea rematadamente difícil. No sólo porque el texto naciera, en la tradición de la comedia humanista, no para ser representado, sino para ser leído individualmente o de manera colectiva: también porque su narración se desarrolla en una estructura muy compleja de espacios que suben y bajan, se aceleran y frenan, se orientan y se pierden. De hecho, ni siquiera el mismo Fernando de Rojas (o quien fuera) acertó a casar con el acierto que exigía la situación la parte de la comedia (la encontrada, a priori) con la de la tragedia, así que hablamos de una tragicomedia llena de trampas con algunos baches. Pero esta estructura poliédrica no afecta sólo a la exposición de los hechos, su naturaleza y su localización; también, y especialmente, a los personajes que los sostienen. Y es ésta la cuestión más delicada: La Celestina anuncia que un mundo, el de la sombría Edad Media, llega a su fin, mientras que otro, el Renacimiento, como promesa del Barroco, asoma en los últimos compases del siglo XV. Y lo hace en un contexto esencialmente español, lo que afecta no sólo a lo cronológico; también, y mucho, a las creaciones humanas que presenta.

El montaje dirigido por Mariano de Paco Serrano resuelve con (relativa) eficacia el problema de los espacios. Pero la construcción de los personajes dista mucho de lo que uno podría esperar. Cuando Fernando de Rojas inventa La Celestina no imagina una bruja de cuento de hadas, sino que acude a un arquetipo español que todavía, a estas alturas, puede encontrarse en pueblos y ciudades: el de una vieja desdentada, con un roete y de luto riguroso, que huele a mulo muerto a kilómetros, que empezó a enseñar sus avíos a cualquiera a cambio de una perra gorda cuando era jovencita y terminó prostituyéndose, que se dedica ahora a quitar el mal de ojo y a rumiar sentada en la puerta de su casa: "puta, guarra". A Gemma Cuervo, por más que la mezcla barroca de lenguaje soez y poético juegue a su favor, le falta mucha tierra en la boca y menos recursos de gran dama del teatro, cosa que ya sabíamos que era. La versión, más que dudosa, elimina los conflictos de todos los personajes (en el original todos se baten en duelos internos, salvo Sempronio), lo que resulta doloroso especialmente en el caso de Pármeno, cuya venenosa mezcla de amor y odio, aquí ausente, es uno de los grandes ejes del texto. Las interpretaciones funcionan muy a medio gas, excepto tal vez Juan Calot como Sempronio y una meritoria Olalla Escribano como Melibea. La música de Tomás Marco es hermosa y subraya bien los pasajes, pero se mueve en el mismo tono tibio. Todo es, en fin, demasiado teatral y poco humano. Falta aroma a sudor. El teatro no es sólo arte dramático.

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