Bárbara Lennie. Actriz

"El teatro vive una pesadilla, pero empieza ya a despertar "

  • La intérprete presenta hoy y mañana en el Teatro Cánovas 'Las criadas', de Jean Genet, en un montaje dirigido por Pablo Messiez

El francés Jean Genet escribió en 1947 su primera obra teatral, Las criadas, un texto crudo y sin concesiones basado en la historia real de dos hermanas sirvientas que, en 1933, asesinaron a sangre fría a su señora y su hija. Genet parió uno de los textos dramáticos esenciales del siglo XX, mil veces representado pero a la vez misterioso y hermético, dotado de una poética implacable. El Teatro Cánovas recibe hoy y mañana a las 21:00 la última producción española sobre la pieza, estrenada en la pasada edición del Festival de Otoño de Madrid con un equipo argentino dirigido por Pablo Messiez. La actriz Bárbara Lennie (Madrid, 1984), cuyos orígenes también son argentinos, y en cuyo curriculum figuran trabajos teatrales emblemáticos como La función por hacer y Veraneantes, películas como La piel que habito de Almodóvar y series de televisión como Isabel, es una de las protagonistas. Considerada una de las mejores intérpretes de su generación y ganadora del Max y el Premio de la Unión de Actores entre otros, su conocimiento del oficio es abrumador a pesar de su juventud.

-¿Cómo se sirve un plato como Las criadas? ¿Mejor frío?

-Gran parte del trabajo previo al estreno fue precisamente por ahí: nos enfrentábamos a un texto muy grande y muy difícil, dotado de un lenguaje nada complaciente, y teníamos que ofrecérselo al público del modo menos traumático posible. Nuestra preocupación era cómo invitar al espectador a entrar en un mundo de locura y poder, donde no faltan experiencias desagradables. Para lograrlo, Pablo Messiez trabajó al principio precisamente el lenguaje. El texto no está impoluto, para nada: nuestra versión contiene adaptaciones que pretenden facilitar la tarea al público llevándolo a un territorio más familiar, más reconocible y propio. Nuestras criadas tienen los pies en el suelo. Pero, eso sí, no hay nada edulcorado.

-¿El cariz expresionista queda entonces reducido?

-Así es. El expresionismo tiene un protagonismo inferior al que Genet le da en su texto. En nuestro trabajo, el lenguaje funciona más como una convención. Por ejemplo, el papel de la señora lo interpreta un actor, Tomás Pozzi, lo que puede resultar extraño; pero en el momento en que las otras dos actrices del reparto nos dirigimos al personaje como la señora, el espectador ya comparte esa convención. De todas formas la obra ya es de por sí bastante extraña, así que el efecto que causa esta decisión encaja muy bien en su espíritu. El montaje no deja de ser vertiginoso. Está hecho con urgencia, con carne y con sudor.

-Una preocupación común en quienes hacen la obra es lo que el espectador pueda llegar a comprender. ¿La comparte?

-Al principio sí. Es que a mí misma me costó entender lo que pretendía Genet después de haber leído el texto tres o cuatro veces. Pero la naturaleza de Las criadas es así. Entre el público habrá quien entienda algo, quien entienda otra cosa y quien se quede con impresiones o esencias que vayan más allá de la mera comprensión.

-¿En qué medida logró usted salir ilesa de los ensayos? ¿Echó mano de algún método?

-No, no he seguido ningún método. En los ensayos nos adaptamos a la forma de dirigir de Messiez, que lo deja siempre todo muy abierto y eso se traduce en conflictos constantes. Es un trabajo muy duro y muy exigente. Y lo que dices es verdad, hacer Las criadas es un viaje del que no se vuelve, termino agotada después de cada función. Tienes que dejarte la piel, no hay otra forma de meterse en esto. Pero no deja de ser un texto legendario, uno de ésos que siempre deseas hacer algún día.

-La obra permite establecer conexiones entre lo que cuenta, con asuntos como la explotación de las personas y la esclavitud, y el empobrecimiento de la Europa actual. ¿Hace el montaje esta lectura respecto al presente?

-Sí. De hecho, nada más leerla, Messiez tuvo la impresión de que Genet estaba contando justo lo que ocurre ahora. La crisis económica constituye una buena ocasión para todo lo que comentabas, la explotación, la alienación y la esclavitud. Desde que estalló todo, cada vez más personas se ven obligadas a trabajar sin derechos. Y a menudo muchas de estas personas no son verdaderamente conscientes de su situación, se preocupan por sacar a sus familias adelante pero no llegan a ver el abuso que se comete contra ellas. La obra, en este sentido, supone una buena oportunidad para salir por un momento de uno mismo y recapacitar sobre todo lo que está pasando con más distancia. Esto existe en el texto y en el montaje. Pero también es cierto que Messiez no ha mostrado un empeño especial en subrayar la posible lectura social que pudiera tener la obra. No la niega, pero ocurre de una manera natural.

-Aun así, ¿consideraría usted su montaje de Las criadas un ejemplo de teatro político?

-Sí, claro que sí. Es un teatro político en la medida en que se implica con la realidad. Pero creo que precisamente el elemento más político de la obra es el lenguaje, porque demuestra el poder que tiene la palabra para representar las cosas. Es como te decía antes, los personajes llaman a la realidad de una manera determinada y eso, en sus manos, se convierte en un ejercicio del poder, en la capacidad de crear convenciones sociales.

-Usted que vivió el milagro de La función por hacer en 2010, ¿cómo ha visto la evolución del teatro español desde entonces?

-El teatro español vive actualmente una de las peores situaciones de toda su historia. Y no lo digo sólo yo, también compañeros que llevan muchos años en esto y aseguran que nunca habían visto nada igual. Día tras día nos encontramos con compañías que no pueden seguir adelante, funciones suspendidas y teatros vacíos. La subida del IVA ha hecho perder al teatro en España desde septiembre más de un millón de espectadores, pero es que además yo no entiendo la utilidad de la medida, ya ha quedado demostrado que no ha recaudado nada. Sin embargo, al mismo tiempo, asistimos a un momento de auténtico esplendor en lo artístico. Tras el estallido de la crisis han aparecido espacios alternativos y nuevas fórmulas para hacer teatro y llevarlo a la gente. Los artistas se reúnen con mucha más asiduidad para poner en marcha proyectos colectivos, hay una efervescencia notable que está dando ya resultados muy buenos. Podemos decir que el teatro vive una pesadilla, pero está empezando a despertar a otra cosa, a otro panorama muy prometedor, al que esperamos llegar si nos dejan.

-La función por hacer fue un ejemplo de talento reunido casi en la clandestinidad y llevado al éxito del público y la crítica en poco tiempo. ¿Cuál fue la clave?

-En La función por hacer se mezclaron muchas cosas: un texto muy brillante y un director genial, Miguel del Arco, que fue capaz de reunir a un equipo espléndido. Habitualmente es muy difícil conseguir algo así, y de hecho a menudo no ocurre por más que se intente. Pero en esta ocasión nos encontramos todos de una manera mágica. Teníamos la ambición de estar ahí y contarlo, y lo conseguimos. En sólo seis meses pasamos de estrenar ante un público escaso a tener una agenda que abarcaba toda España. Tres años después seguimos haciendo la obra, y pronto la llevaremos al extranjero. Creo además que La función por hacer abrió una puerta que el teatro español necesitaba abrir: hasta que la hicimos era muy difícil que los actores y directores nos reuniéramos de manera espontánea para idear proyectos, pero ahora es mucho más sencillo, y precisamente eso es lo que está permitiendo al teatro sobrevivir más allá de la crisis de las instituciones públicas.

-¿En qué proyectos anda ahora?

-Pues ahora mismo voy a Algeciras a rodar la película El niño, de Daniel Monzón. Y en septiembre nos reuniremos todo el equipo de La función por hacer con Miguel del Arco para una nueva obra, un montaje en torno a El misántropo de Molière que estrenamos el 18 de octubre en Avilés. Miguel la está escribiendo ahora. Me apetece mucho. Será como volver a casa.

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