Crítica de Cine

Si esto es un trabajador

la ley del mercado

Drama, Francia, 2015, 93 min. Dirección: Stephane Brizé. Guión: Stephane Brizé y Olivier Gorce. Intérpretes: Vincent Lindon, Yves Ory, Karine de Mirbeck y Matthieu Schaller. Cines: Albéniz, Málaga Nostrum.

Si hay un director hecho a sí mismo, este es Stéphane Brizé. Estudió electrónica en Rennes, su ciudad natal; se trasladó a París para trabajar como técnico de televisión y cine a la vez que estudiaba arte dramático. Pisó las tablas como actor y director teatral en niveles modestos y rodó en 1993 su primer cortometraje. Por fin entró en los largometrajes por la puerta de la interpretación hasta que logró dirigir el primero en 1999 con Le bleue des villes. Tras una larga pausa vinieron No estoy hecho para ser amado (2005) y Entre adultos (2006) que garantizaron la continuidad de una carrera cinematográfica -Mademoiselle Chambon (2009) y Quelques heures de printemps (2012)- que iría construyendo con algún altibajo una interesante filmografía marcada por sus intentos para redefinir el realismo y la insistencia en temáticas de desolación, soledad, desamor y muerte.

Por este sendero transita La ley del mercado. Un parado maduro, obrero industrial capacitado, intenta sobrevivir en la Francia azotada por la crisis y gobernada más por la ley del mercado que por aquellas con las que los Estados están obligados a garantizar un mínimo de dignidad laboral. La dignidad es algo propio de cada ser humano que nada ni nadie puede arrebatarle. Teóricamente, claro. Porque en la realidad el día a día sin trabajo, la supervivencia con 500 euros al mes, una familia y un hijo discapacitado, el ritual estéril de las entrevistas de trabajo a través del Skype (el futuro imaginado por la ciencia ficción pesimista aquí y ya), el pasatiempo inútil de los cursos de formación, la dureza de las condiciones de vida y de trabajo en una sociedad despersonalizada, la frustración de las carencias sufridas en un entorno que cifra la felicidad en la posesión, la desolación de los entornos urbanos en los que los más desfavorecidos viven son factores que pueden ir desposeyendo a un ser humano de su dignidad.

Me tomo la libertad de tomar prestado a Primo Levi el título de Si esto es un hombre para, trasladándolo de la deshumanización radical de los campos de concentración a la deshumanización relativa del mercado, definir a esta seria y dura película como Si esto es un trabajador. Los abruptos y secos inicios y finales de las secuencias dan la sensación de que se inician ya empezadas y terminan antes de acabar. Está montada a hachazos. Los planos son muy largos sin que en ellos pase nada importante, sólo la vida. En este sentido Brizé recupera la ortodoxia neorrealista: filmar los tiempos muertos que la narrativa convencional elimina inútiles para hacer progresar la acción. Logra secuencias desoladoras, como la de la entrevista de trabajo a través de Skype o, cuando el protagonista logra trabajar como vigilante de una gran superficie, los interrogatorios a los clientes o a los propios empleados después que las cámaras detecten un robo.

Lo mejor de la película es la interpretación de Vincent Lindon, polo opuesto del realizador en su biografía: pariente de poderosos industriales, intelectuales y políticos, presente en las revistas del corazón por sus romances con famosas -entre ellas Carolina de Mónaco-, ha desarrollado una larga carrera cinematográfica a las órdenes de Blier, Lelouch, Beineix, Sautet o Kurys que ahora corona con este trabajo premiado en Cannes. El único problema que tiene La ley del mercado es el que siempre ha afectado al cine social: no interesa a aquellos de quienes trata ni a quienes dictan las leyes del mercado, sino a las clases medias ilustradas y a los cinéfilos. Y éste es un grave reparo. Porque les da, pese a su honestidad e interés, una cierta dimensión onanista. Convencer a los convencidos. O tranquilizar las conciencias de quienes, yendo a verlas y aplaudiéndolas, creen haber hecho algo para transformar las cosas.

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